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COP 30

Valentín Pérez vio su mundo desmoronarse en Venezuela, caminó hasta Belém y se convirtió en espíritu Warao. Montaje: Walison y Antolin Martinez/Wikimedia Commons

Valentín Pérez nunca dejó de caminar. Guiando a su pueblo, a lo largo de su vida cruzó la Panamazonia, desde su infancia en el Delta del Río Orinoco, en Venezuela, hasta su vejez en la Bahía de Guajará, en Belém. Era un reconocido aidamo, como se les llama a los líderes de las comunidades Warao. En el año en que la atención mundial está puesta en la capital de Pará, sede de la COP30, casi nadie se dio cuenta cuando, el 1º de mayo, a los 73 años, el cuerpo del Indígena venezolano hizo su última travesía. Ahora Valentín camina junto a los espíritus Warao.

Fue en 2017 cuando el aidamo desaguó en Belém junto a otros 24 miembros de su familia. Su pueblo se escapaba del hambre, un dolor que mueve a quien lo siente y no cabe en las palabras de quien lo narra. Brasil, desde 2014 y con más intensidad a partir de 2016, se presenta como un posible destino para los Warao. Después de largos días de viaje en barco, autobús y a pie, sin suficiente comida, Valentín desfallecía. Los niños estaban desnutridos. En la ciudad de los Mangueros, como se la conoce a Belém, los mangos de los árboles que resisten en las aceras cayeron como dádivas. Las frutas fueron los primeros alimentos que saciaron el vacío de su gente.

En los meses posteriores a su llegada, la familia de Valentín ocupó una plaza en el centro de Belém. Su gente sobrevivió pidiendo ayuda en las calles. En 2018, se fueron a vivir a un albergue municipal. Después, en 2021, migraron a otro espacio de acogida de la municipalidad, igualmente improvisado y precario, formado por dos galpones en el barrio de Tapanã. Fue allí donde murió el aidamo cuatro años más tarde, sin atención médica adecuada.

Murió lejos de la casa que dejó en Venezuela. Murió lejos de la casa que soñó en Belém.

El precario albergue en el barrio de Tapanã, en Belém, donde Valentín vivió desde 2021 y murió, en mayo, sin los cuidados que necesitaba. Foto: Raimundo Paccó/SUMAÚMA

‘Faltaba asistencia médica’

Sentada en el suelo del retiro de la iglesia evangélica Asamblea de Dios, Petra Rojas, su compañera de vida, veló a Valentín Pérez. La despedida reunió a hijos, nietos y demás familiares. Freddy Cardona, yerno del aidamo y vicecoordinador del Consejo Warao Ojiduna, organización que representa a la etnia en Pará, sintió que había otras presencias. Espíritus de wizirato, una especie de chamanes, también estaban allí.

A principios de abril, Valentín sufrió un accidente cerebrovascular. El aidamo estuvo internado en un hospital de Ananindeua, en la región metropolitana de Belém.

Los Warao suelen interpretar las enfermedades como un daño, un maleficio. Patrocinia Pérez, hija de Valentín, cuenta que la diferencia del idioma dificultaba la comunicación con el equipo médico. “Nosotros hablábamos en castellano, el doctor hablaba portugués. No sé lo que decía cuando le daba el remedio”.

El plan de acción del Consejo Warao, dentro del eje de salud, reivindica la atención diferenciada, la valorización de los conocimientos tradicionales, la contratación de mediadores culturales y de agentes de salud Indígenas, además de la elaboración de un protocolo de asistencia a la salud Warao. Acnur, la agencia de la ONU para refugiados, acompaña la construcción de este protocolo y considera que la administración municipal está abierta al diálogo.

Valentín volvió al albergue postrado y con dificultades para hablar. Rayme Sousa, funcionario que trabaja en el lugar, le reconoció a SUMAÚMA que el albergue no garantizaba los cuidados que el aidamo necesitaba. “No tendría que haber estado en el albergue, sino en un centro de salud. Necesitaba acompañamiento continuo”. Jesús Núñez, yerno de Valentín, denuncia que hubo negligencia. “Mi suegro tenía fiebre alta. Le faltaba asistencia médica. ¡Irresponsables! ¡Negligencia!”.

Los empleados dicen que el número de profesionales en el albergue es insuficiente para atender a los Indígenas. Un día antes de que partiera el aidamo Warao, los asistentes sociales de Belém, en una manifestación, denunciaron las malas condiciones de trabajo y la falta de personal. Acnur “reconoce los esfuerzos” del gobierno del estado de Pará y de la municipalidad “para acoger y apoyar a la población refugiada Indígena Warao” y afirma que está trabajando en alianza con las autoridades para mejorar las condiciones de acogida.

En un comunicado, la Fundación Papa João XXIII, responsable de gestionar la política de asistencia social de la Municipalidad de Belém, alegó que “se tomaron todas las medidas debidas en cuanto al socorro, el acompañamiento, el cuidado y la recuperación de la salud” de Valentín. Según la Fundación, en la víspera de su muerte, un equipo de la Unidad Básica de Salud de Tapanã había estado en el albergue para acompañar la evolución del paciente, pero su estado previo de salud, la edad avanzada y el accidente cerebrovascular hacían que el cuadro fuera delicado.

Eran pasadas las 7:30 de la mañana del 1º de mayo, Día del Trabajador, cuando un infarto se llevó a Valentín Pérez. Durante el velorio, el sombrero negro de cuero que el aidamo solía usar quedó acomodado sobre su cuerpo. A primeras horas de la tarde del 2 de mayo, con una bandera de Venezuela desplegada, el féretro fue llevado en procesión hasta el albergue, después siguió hasta una capilla en el cementerio de Tapanã y finalmente llegó al cementerio Parque Nazaré, donde enterraron a Valentín. Petra guardó en sus brazos el sombrero de su marido.

Después del velorio, bajo el sol de las 14 horas, los familiares cruzaron la carretera de Tapanã con el ataúd, la bandera de Venezuela y la añoranza. Foto: Raimundo Paccó/SUMAÚMA

La saga de los Warao y de Valentín

En diciembre de 2024, había 667 Warao en la capital de Pará, según el monitoreo del Instituto Internacional de Educación de Brasil y el Consejo Warao Ojiduna, en alianza con Acnur. Belém, que antes de la colonización europea era mairi, hogar de los Tupinambá, se convirtió en Tierra Indígena Warao. Pero a los pueblos Indígenas lo que les queda son las áreas de la ciudad marcadas por la exclusión, como los galpones de Tapanã.

El barrio de Tapanã surgió de la ocupación de soldados del caucho —nombre con el que se conoce al contingente de trabajadores brasileños que se envió a la Amazonia entre 1943 y 1945 para extraer látex— muchos de ellos provenientes del Nordeste, después de la Segunda Guerra Mundial, el último suspiro de las exportaciones de látex en la Amazonia. Un texto de la historiadora Lara de Castro relata la formación del barrio. Para albergar a los caucheros, se crearon hospedajes en la zona llamada Pouso do Tapanã, muchos de los cuales eran espacios insalubres, como la Hospedería del Infierno o del Diablo. Belém fue creciendo y las tierras rurales se transformaron en tierra urbana. Hoy, en lugar de la posada, hay un albergue Warao, frente al Cementerio de Tapanã.

El recorrido de los Indígenas venezolanos, antes de llegar a Brasil, tiene al menos ocho mil años. Los Warao son un pueblo de canoas que se hizo multiétnico a través de su encuentro con los Arawak hace 3.000 años y con los Karib hace cerca de 750 años. Las zonas de pantanos y manglares donde vivieron durante mucho tiempo les sirvieron de aislamiento contra el avance de los colonizadores europeos. Pero, en el siglo 20, la lógica de los blancos, forjada en la agricultura comercial, el trabajo asalariado y las familias nucleares encabezadas por hombres afectó su economía, que se basaba en la recolección y la pesca, el cooperativismo y la organización matriarcal de los pueblos del Delta del Orinoco.

Antes los Warao hacían desplazamientos siguiendo las épocas, debido a su vida conectada con la Naturaleza. El ciclo de las aguas era lo que dirigía los caminos. Después del contacto con los colonizadores, llegó el desplazamiento forzado. En la década de 1960, para evitar las inundaciones e imponer las plantaciones en zonas que se inundaban, el gobierno venezolano represó el Caño Manamo. Como resultado, se produjo la salinización de áreas de agua dulce, cambios en la vegetación y la alimentación y la expulsión de los Warao a centros urbanos.

Valentín vivió el desmantelamiento de su mundo. Durante ocho años, desde que llegó a Belém, compartió esta historia con el investigador Walison Dias, quien se convirtió en un amigo y a quien le dio un nombre Warao: Warito. “Él vio la llegada del hombre blanco, del criollo. Vio la formación de haciendas en los lugares donde vivían. Y vio ese sofocamiento. Antes subía al monte para conseguir comida, nahoro, lo que ya no se podía”.

Ante la destrucción de la vida a su alrededor, Valentín Pérez se puso a caminar. Primero, en Venezuela. Vio a su gente aceptar subempleos en la ciudad. Vio desvanecerse las tradiciones, los rituales y la lengua. Con el deterioro de las condiciones económicas y políticas del país, caminó hasta Brasil. En el mito de origen Warao que contaba, una flecha había atravesado el cielo y caído en los montes del Orinoco. Desde arriba, los Indígenas vieron alimentos y empezaron a bajar por una cuerda, pero se cayeron y se quedaron en la Tierra. Para volver al lugar de donde vinieron, tienen que caminar. Y Valentín emprendió su camino de vuelta.

El Delta del Orinoco, desde donde salió Valentín para refugiarse en Brasil. Foto: RIGOULET Gilles/AFP

Caminar para sobrevivir

Fragmento inédito del testimonio de Valentín Pérez en una entrevista a Walison Dias en 2019

Yo soy un aidamo venezolano, mi nombre es Valentín Pérez. Vinimos aquí desde Venezuela, pasando primero por Pacaraima. De Pacaraima llegamos a Manaos. De Manaos, embarcamos en un barco para llegar aquí a Belém. 

¿Por qué vinimos para acá? Vinimos por hambre. En Venezuela hay comida, pero no tenemos dinero para comprarla. Por eso están los Warao aquí, por el hambre del niño, de la niña. Hambre… ¡Lloran de hambre! 

Por eso los Warao están aquí, en todas partes. Hay Warao en Pacaraima, hay Warao en Boa Vista, hay Warao en Manaos y hay Warao en Belém. También vinimos aquí porque queremos trabajar. En Venezuela no hay trabajo para nosotros.

El gobierno abandonó a los Warao porque no gana con los Warao. El gobierno no quiere luchar por nosotros. Quiero a alguien que luche por mí. Pero no estoy hablando del gobierno. Nosotros no podemos contar con el gobierno. Yo mismo tengo que gobernar para poder vivir. 

Si no nos gobernamos nosotros mismos, estaremos mal. Nunca viviremos tranquilos, tendremos problemas con los demás, sucederán muchas cosas malas. Así no sobreviviremos. 

Nosotros no estamos haciendo cosas malas. Estamos buscando algo para sobrevivir en Belém. Los Warao tienen que caminar para poder sobrevivir. 

Tengo un sueño. Me gustaría reproducir las ideas de los Warao. Tengo muchas cosas que decir y explicar sobre los Warao. ¡Muchas! Puedo pasar un mes, dos meses, tres meses hablando de los Warao y no termino la sabiduría Warao. ¡Hay muchas cosas!

Tenemos que vivir con felicidad. Una vida de paz, tranquila. Nosotros, los Warao, sabemos que aquí en Belém tendremos una oportunidad de vivir en paz.

Rodeada de parientas, Petra Rojas (en el centro), viuda de Valentín Pérez, sostiene en sus brazos el sombrero de su compañero de vida.
Foto: Raimundo Paccó/SUMAÚMA


Reportaje y texto: Guilherme Guerreiro Neto
Edición: Fernanda da Escóssia
Edición de arte: Cacao Sousa
Edición de fotografía: : Lela Beltrão
Chequeo de informaciones: Plínio Lopes
Revisión ortográfica (portugués): Valquíria Della Pozza
Traducción al castellano: Julieta Sueldo Boedo
Traducción al inglés: Sarah J. Johnson
Montaje de página y finalización: Natália Chagas
Flujo de trabajo editorial: Viviane Zandonadi
Editora jefa: Talita Bedinelli
Directora editorial: Eliane Brum

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