Periodismo desde el centro del mundo
Coluna SementeAr

Arte: Curumiz

La primera vez que me asesinaron
Perdí una forma de sonreír que tenía…
Después, cada vez que me mataron,
Se fueron llevando algo mío…

Mario Quintana

Dentro de unos años, cuando la maldad se desaliente y el polvo del caos se asiente, si es que se desalienta, si es que se asienta, ¿qué les diremos a nuestras hijas e hijos sobre este momento brutalmente trágico de la Historia? ¿Cómo les explicaremos a las futuras generaciones que asistimos inertes y atontados a la sádica, incesante y aparentemente imparable masacre de jóvenes negros por parte de la Policía Militar brasileña? ¿A la matanza sistemática y sionista de los niños palestinos en Gaza? ¿A la explosión global de fundamentalismos religiosos marcados por la intolerancia moral, étnica y política? ¿A la insensata y cretina opción de explotar petróleo en el margen ecuatorial de la selva tropical más grande del mundo? ¿A la extinción masiva de innumerables especies de animales y plantas, cuya falta ni siquiera sabemos cómo dimensionar, ni qué decir mitigar, revertir, cesar…?

¿Cómo les justificaremos a los herederos del planeta que la propia civilización humana lo destruyó violentamente, por acción u omisión, hasta que no quedó nada bueno sobre su superficie? ¿Cómo les explicaremos a la séptima generación después de nosotros que fracasamos en impedir que los irresponsables, lamentables y malditos superricos devoraran toda la tierra, todo el aire, toda el agua, a todas las personas y a todos los seres más-que-humanos que se atrevieron a cruzarse en su camino? ¿Qué diablos de belcebú de los infiernos más repugnantes nos pasó? ¿Dónde está nuestro coraje? ¿Por qué, aun sabiendo todos estos hechos horrorosos, fallamos repetidamente en desarmar la bomba de tiempo social y ambiental odiosamente construida en los desvíos de los últimos 5.000 años? ¿En qué nos equivocamos?

Una posible explicación inicial para tanta apatía, tanta inercia, tanta cobardía, tanta incapacidad de una respuesta creativa colectiva es el insomnio delirante que cada vez nos enferma más. En poquísimo tiempo, sin previo aviso ni consentimiento libre e informado, empezamos a habitar una sociedad digital en la que las incesantes demandas del trabajo y el entretenimiento simplemente inviabilizan el sueño profundo, regenerativo y constructor de sentidos. Estamos jodidos.

A corto plazo, una noche mal dormida es suficiente para producir daños emocionales y cognitivos terribles, poniéndonos más irritables y menos capaces de aprender. La falta de sueño también reduce la empatía y aumenta físicamente la distancia interpersonal que se considera cómoda. Literalmente, dormir mal nos desintegra y nos desensibiliza, llevándonos a la soledad, al embotamiento y al desamparo. A medio plazo, el sueño así perjudicado puede provocar diabetes y enfermedades cardiovasculares. A largo plazo, produce enfermedad de Alzheimer, demencia y neurodegeneración de la voluntad. Cualquier similitud con la pandemia de depresión y ansiedad no es una mera coincidencia, sino solo nuestra humillante condición. Nada más que lo que espera la ciencia, tanto la originaria como la universitaria. Es el acabose, el camino desbarrancado, nuestra triste desdicha, la mente intoxicada por el insomnio. Espantoso.

Como si fuera poco, el deterioro general del sueño va acompañado de una desconexión casi total de los sueños. Nuestro mundo interior se está achatando cada vez más, empobreciéndose, colapsando, derrumbándose. Mientras las selvas del mundo exterior se enfrentan al creciente riesgo de desertificación, nuestras selvas simbólicas, hábitat de las criaturas de la mente que pueblan el inconsciente personal y colectivo, se están desertificando a ojos vistas, atrapados en las pantallas del Apocalipsis. Un eclipse.

La incesante y frenética estimulación audiovisual que se ha apoderado de las retinas y los oídos de casi todas las personas no deja espacio para el divagar, la poesía, la metáfora y la intuición. La imaginación está en riesgo de extinción, y sin podernos imaginar las consecuencias de nuestros actos más grotescos, nos vamos hundiendo en una espiral de suicidio, genocidio y ecocidio. Sin sueños, nada hecho. Sin sueños, qué despecho. Dirían los sabios: ¡bien hecho! 

La explicación de nuestra desgracia se hace más completa cuando incluimos en nuestra lista de males la pésima alimentación que impone el sistema capitalista, basada en productos ultraprocesados, de bajo valor nutricional, pero llenos de sal, azúcar y grasas, altamente palatables, adictivos y nocivos para la salud. Esta alimentación de mentira es una de las consecuencias más nefastas del apetito insaciable de pesticidas, monocultivos y violencia. Indecente.

La industria de productos ultraprocesados es heredera directa de la industria del tabaco y repite sus pasos criminales con afán patético y juicio débil: en vez de transformar sus productos en comida de verdad, prefiere invertir sus gigantescos recursos en luchar contra la regulación del mercado de alimentos, a través de campañas publicitarias deshonestas y mucho lobby corrupto para seducir a consumidores, formadores de opinión, parlamentarios y gobernantes en pro de la ingestión de la basura que venden. Y no aprenden.

Todos estos daños capitales se amplifican todavía más por la dificultad que casi todas y todos tenemos para ejercitar nuestro cuerpo de forma sana y cotidiana. Sin tiempo para nada más que el trabajo agotador que enriquece al patrón, las personas terminan doliéndose, sufriendo y enfermando hasta el envejecimiento prematuro que nos mata un poco cada día. Sin movimiento, expresión ni salida, nuestros cuerpos que nacieron bellos y vigorosos se degradan y se intoxican a lo largo de la vida, hasta que manifiestan plenamente todas sus disfunciones mórbidas. Nuestra forma de vida es una fábrica de monstruos y putrefacciones.

Para colmo, esta enorme colección de miserias nunca recae de forma igualitaria sobre las cabezas varias. Son casi siempre las personas negras y mestizas, los habitantes de las favelas y los sin techo, los excluidos y vulnerables en todas partes, en el campo y en las ciudades, quienes peor se ejercitan, comen, duermen y sueñan. Y de muerte se visten. La ruina de estos pilares de la salud perpetúa las inequidades. Incluso los Indígenas y Quilombolas, principalmente los que están cerca de las metrópolis, padecen estos males. Esta es la triste verdad.

Por todo esto, dormir, soñar, comer y hacer ejercicio son actos subversivos del orden perverso de la sociedad. Por eso, estos comportamientos animales, tan ancestrales como actuales, son revolucionarios, contrahegemónicos, rebeldes, fundamentales. Porque en el fondo, en el fondo, son estos sencillos actos de libertad y de amor a la Vida los que postergan nuestro fin y así postergan el fin del mundo. De nuestro mundo. Un día más. 

Un mundo que, sin nosotros, estaría en paz.

Sidarta Ribeiro es padre, capoeirista y biólogo. Tiene un doctorado en comportamiento animal de la Universidad Rockefeller y un título postdoctoral en neurofisiología de la Universidad Duke. Investigador del Centro de Estudios Estratégicos de Fiocruz, cofundador y profesor titular del Instituto del Cerebro de la Universidad Federal de Rio Grande do Norte, ha publicado cinco libros, entre los que se encuentran O Oráculo da Noite y Sonho Manifesto (editorial Companhia das Letras). En SUMAÚMA, escribe la columna Sembrar.


Texto: Sidarta Ribeiro
Arte: Curumiz
Edición de arte: Cacao Sousa
Edición de fotografía: : Lela Beltrão
Chequeo de informaciones: Plínio Lopes
Revisión ortográfica (portugués): Valquíria Della Pozza
Traducción al español: Julieta Sueldo Boedo
Traducción al inglés: Sarah J. Johnson 
Montaje de página y finalización: Natália Chagas
Flujo de trabajo editorial: Viviane Zandonadi
Editora jefa: Talita Bedinelli
Directora editorial: Eliane Brum

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