Punzadas en el vientre. Incertidumbre, miedo. Músculos en contracción. Filo de la hoja, rojo sangre. Manos frías en la hendidura. La luz, un resplandor. Los alvéolos se abren, responden a la atmósfera brusca que invade los pulmones.
Iracema respira por sí misma. Y siente dolor.
Irrumpe, en el mundo, el llanto ancestral que rompe el silencio de un pueblo, el silencio de las vidas Iracemas.
«Nació, nuestro Dios Tupã nos concedió este obsequio.»
Palabras de Iracema da Silva Bernardo Neta, de 31 años, una mujer Indígena Tabajara, del municipio de Conde, en la costa sur del estado de Paraíba. El parto de Iracema Cecília, su primera hija, marca el final de la lucha por gestar una vida, después de tres abortos, un cuarto embarazo de riesgo y 16 días ingresada en el hospital. «Ya había renunciado a ser madre. Iracema es una guerrera», afirma.
En el abril de Brasilia, bajo la sombra de la lona que cubre las tiendas de campaña de la familia en el Campamento Tierra Libre, el mayor encuentro de resistencia Indígena de América Latina, arrulla a su hija, que hoy tiene 2 años, y habla de la fuerza del nombre que le dieron como homenaje.
«Estaba orgullosa de que mi nombre fuera el mismo que el de mi abuela. Hoy, estoy orgullosa de que sea un nombre Indígena, y también lo es el nombre de mi hija: Iracema.”
El nombre de herencia fue, durante muchos años, lo que tenía para saciar su sed de pertenecer. El cordón invisible de siete letras que ataba su existencia al pasado, a la dignidad de ser.
Como un susurro lejano, rumor fino, un silbido.
Que amenazaba con hacer salir, en un instante,
lo que se callaba con sangre,
lo que por siglos, por miedo, no se había oído.
El homenaje fue idea de su padre, Josoaldo da Silva Bernardo, de 52 años. Un nombre dado en nombre de la añoranza. El llanto del hombre es contenido, callado. Pero siempre viene cuando se acuerda de su madre. Por eso, conoce el tiempo de las lágrimas: se adelanta, las corta, antes de que corran, fugitivas, pómulos abajo. Lo hace con el índice y el pulgar. Las puntas, nervios, articulaciones en un gesto estanco, dique del dolor.
Espera.
Solo entonces apoya el peso del dorso con las manos húmedas sobre la hierba verde junto a la tienda. Y habla, con tristeza en los ojos, de los ojos castaños de Iracema.
De la infancia en una casa de barro, levantada a mano con tierra mojada.
De la vida sufrida.
Dolencia sin nombre.
De la muerte apresurada.
La recrea con los labios, dientes, lengua, sinapsis, historias. Evoca la imagen viva de Iracema, como si la viera cara a cara, una mirada que trasciende la memoria: metro y medio, piel pálida, el tono más oscuro del cabello. Un corazón grande, que a veces fallaba, pesaba, escondía un secreto.
Entre los grabados en la memoria, los caminos tallados en la piel en bajorrelieve. Figuras marcadas en la espalda cada vez que Iracema se sentía mal, durante horas inconsciente, acostada, el peso de su cuerpo contra el catatau, cama improvisada, fijada al suelo con palos cruzados, forrados con celo con las largas hojas del bananal.
Josoaldo era niño, tenía unos 8 años cuando su madre dejó el litoral. Se fue a São Paulo, esperaba a su último retoño, visitaba a una amiga en la capital.
El día del regreso, el retraso.
La añoranza enorme.
El recelo.
La confusión.
Pasaje perdido.
Camino sin regreso.
Enojo.
Iracema nunca volvió.
En Paraíba no vieron ni cuerpo, ni sepultura, ni el paradero del bebé. Llegó la noticia, el acta de matrimonio, la alianza, una carta, un montón de juguetes. Era fin de año e Iracema perdió el autobús, que sin ella partió. Sin dinero para otro, Iracema se quedó.
Se dice que murió en el parto, en el exilio forzoso su corazón finalmente se rindió.
Iracema deja su nombre-semilla y huellas de la historia Tabajara, en una de las pocas fotografías: en el centro del retrato, el rostro joven, la expresión seria, un aire de valentía. Y la mirada oscura, profunda, que mira a quien la mira, que no la desvía.
La superficie brilla con un amarillo herrumbre, rota por manchas, arañazos, rasgones del tiempo. Fisuras que cuentan cuentos de diásporas, anonimato, olvido, violaciones, tormento. Y los labios sellados como los de muchos Tabajara. Rehenes del miedo, de los patrones, de la muerte de la cultura, del silenciamiento.
Dentro del retrato corroído cabrían tantos otros rostros. Miradas del municipio de Conde, en Bambuzal, en el Sítio dos Caboclos, donde vivían Iracema y Pedro Severo, su esposo. Terreno que, durante más de 100 años, los Indígenas han pagado con su vida, a cambio de una supervivencia clandestina en su territorio ancestral.
La andanza reprimida comienza 500 años atrás, seguida de las sesmarias, concesiones de tierra de la Corona de Portugal. Como la de Jacoca, donde hoy está Conde, y la de Arataguy, la Alhandra actual. Escenario de asentamiento forzoso, concentración y control de los Indígenas en el sumidero de un Brasil colonial.
En 1850 la ley de tierras, territorios diluidos, latifundios. Y los Tabajara, ya exprimidos, se arrancan del cuerpo el derecho territorial. Por si fuera poco, 15 años después, los declara pueblo extinto, borrado del mapa, el gobierno imperial. Los que se resistieron sufrieron la presión de los grandes señores, ladrones de tierras ancestrales. El robo cambió de forma y de nombre: apropiación, amenazas, asesinatos. El exterminio se mantiene igual.
Con los antepasados de Iracema Nieta, de Josoaldo. Expulsados del Sítio dos Caboclos para vivir desperdigados. Vida en la periferia. Destino de los que se desbandaron. Hacia la ciudad de Conde, João Pessoa, Santa Rita. Despojados de pasado, tierra, lengua y etnia. Como Iracema Nieta, que creía ser Potiguara cuando era Tabajara y no lo sabía.
Iracema Nieta no nace en la cultura, sino que ve reescribirla. Recuperación, reconocimiento. Oralidad, memoria viva. Hijos, nietos, bisnietos de los expulsados declarando su origen. Ven nacer la aldea Barra de Gramame, Severo Bernardo, Vitória, Nova Conquista. No puede decirse lo mismo de su hija. Que nace con un pie en la cultura, palabras en tupí entre las primeras dichas.
Pinta con jagua, canta, corre por la hierba del Campamento Tierra Libre con las maracas en suspensión. No entiende de silencio, cada paso es una sacudida, llora, grita, es pura agitación. Siendo solo una niña ya sigue la lucha Tabajara. Por derechos básicos, por la demarcación.
En la partida de nacimiento, el signo de un cuerpo-territorio Indígena, femenino, ancestral. Un nombre que expresa amor, continuidad, pertenencia, existencia espiral. Resiste a la muerte, renace, resuena en vida. De Iracema abuela, Iracema madre, Iracema hija.

A diferencia de su bisabuela, a la derecha, Iracema Cecília nació en un contexto de recuperación cultural y territorial del pueblo Tabajara. Fotos: Soll/SUMAÚMA y archivo personal
Reportaje y texto: Soll
Edición: Eliane Brum
Edición de arte: Cacao Sousa
Edición de fotografía: : Lela Beltrão
Chequeo de informaciones: Plínio Lopes
Revisión ortográfica (portugués): Valquíria Della Pozza
Traducción al español: Meritxell Almarza
Traducción al inglés: Sarah J. Johnson/ Diane Whitty/ Mark Murray/ Julia Sanches
Infográficos: Rodolfo Almeida
Montaje de página y finalización: Natália Chagas
Flujo de trabajo editorial: Viviane Zandonadi
Editora jefa: Talita Bedinelli
Directora editorial: Eliane Brum