Periodismo desde el centro del mundo

Barcelos, en el estado brasileño de Amazonas, donde una Indígena Baré fue violada y asesinada en enero de 2025: la relación de poder que destruye la Selva también mata a las mujeres. Foto: Lela Beltrão/SUMAÚMA

El 18 de julio, SUMAÚMA reveló que una Indígena del pueblo Kokama fue violada a diario por al menos cuatro policías militares y un guardia civil durante más de nueve meses. Teniendo a su bebé recién nacido al lado. Las violaciones, a veces colectivas, siguieron produciéndose en los calabozos de la comisaría de Santo Antônio de Içá, en el estado brasileño de Amazonas, hasta que el niño tuvo diez meses. Fíjense: en lugar de aprender a andar y a hablar, este bebé vio cómo a su madre la violaban, vio cómo su madre sangraba, vio cómo su madre gritaba, vio cómo a su madre la humillaban y destrozaban. Y todo esto ocurrió en instalaciones del Estado, que tenía la responsabilidad de proteger a esa mujer y a ese niño, y a manos de agentes del Estado, que tenían la responsabilidad de proteger a esa mujer y a ese niño.

El reportaje exclusivo del periodista Rubens Valente obligó a las autoridades de las distintas esferas a dejar de fingir que lo ocurrido no había ocurrido. Pero hasta que SUMAÚMA no publicó la historia, todas las instituciones guardaron silencio durante por lo menos dos años. Y habrían guardado silencio quizás para siempre si los delitos no hubieran salido a la luz, con repercusión nacional e internacional. Solo después de la publicación del reportaje se detuvo a tres policías y un guardia civil, el Estado cambió la oferta de indemnización de 35.000 a 300.000 reales (de 6.200 a 54.000 dólares) y la Indígena pasó a cumplir la pena en semilibertad.

Para entender qué hace posible un silencio de dos años, hay que hacer las conexiones. Si no, a pesar de la amplia exposición de los crímenes —desde la violación sexual hasta la omisión de las autoridades—, lo que está determinando nuestra extinción continuará encubierto. Y atención: la extinción aquí no es una metáfora, es un hecho.

Es importante que una parte de Brasil y del mundo se asombre y se mueva por un crimen como este. Es fundamental que K, como llama SUMAÚMA a la Indígena para proteger su identidad, reciba justicia y toda la asistencia necesaria para recuperarse lo mejor posible de las secuelas físicas y psicológicas, al igual que su hijo. Es fundamental que la serie de violencias que ha sufrido K, que empezaron con violaciones en serie y continuaron con el silencio y la complicidad de las autoridades e instituciones involucradas, se conviertan en un punto de referencia para construir políticas públicas y aplicar las leyes existentes. Porque, si se hubieran aplicado, K no habría sido violada.

Pero todo esto dista mucho de ser suficiente.

El informe anual Violencia contra los Pueblos Indígenas en Brasil, publicado el 28 de julio por el Consejo Indigenista Misionero, mostró que la crueldad ha aumentado y la edad de las víctimas se ha reducido. En 2024, de los 20 episodios de violencia sexual documentados en el informe, 14 se cometieron contra niños y adolescentes de entre 4 y 16 años. También se produjeron 211 asesinatos de Indígenas el mismo año y 922 muertes de niños de entre 0 y 4 años, muchas por causas evitables, como la desnutrición y las infecciones.

La Red de Mujeres Indígenas del Estado de Amazonas Makira-E’ta destacó datos que apuntan a un brutal agravamiento de la violencia contra los Indígenas en el país. En una década, entre 2014 y 2023, la violencia contra las mujeres indígenas aumentó un 258%, más que el aumento medio nacional, que es del 207%. Es aún peor cuando se observa el aumento de la violencia sexual: mientras que los registros generales aumentaron un 188%, el incremento entre las mujeres indígenas fue del 297%. Las cifras forman parte de un estudio del portal Género y Número, basado en datos sobre notificaciones de violencia contra mujeres indígenas recogidos en el Departamento de Información e Informática del sistema público de salud brasileño.

K tampoco está sola en las horrendas violaciones cometidas contra las mujeres presas, que a menudo están mezcladas con hombres en las cárceles de Brasil. Es aguda la observación de la intelectual Carla Akotirene, citada en la columna de la filósofa Djamila Ribeiro en el periódico Folha de S. Paulo: Carla recordó que la cárcel es una microestructura de la sociedad de los cautivos. Afirmó que las tecnologías de opresión —patriarcado, racismo, etnocidio, capitalismo— se entrecruzan y se materializan en las prisiones. La celda, por lo tanto, sería como una recreación colonial. «La celda se convierte en un entorno doméstico», dice Carla, «donde el hombre llega y viola, y cuando la mujer intenta gritar pidiendo ayuda, se la castiga por indisciplinarse». Según Carla y Djamila, se trata de un defecto institucional sistémico, que une omisiones, complicidad y naturalización de la violencia contra los cuerpos racializados. 

Santo Antonio do Içá, Amazonas: la Indígena Kokama estuvo presa en una celda con hombres y fue violada por agentes del Estado. Imagen cedida por el abogado Dacimar Carneiro

SUMAÚMA fue concebida para hacer periodismo desde la Amazonia y sus pueblos, cubriendo el colapso del clima y de la biodiversidad considerando que están obligatoriamente atravesados por los marcadores de raza, género, clase y especie. En la coformación con periodistas-Selva, buscamos hacer un periodismo con el movimiento de la Naturaleza, en el que todo esté conectado y sea interdependiente, y no compartimentado y dividido en cajas/secciones como es la lógica de quienes, como dice el pensador indígena Ailton Krenak, se han separado de la Naturaleza.

Todos los esfuerzos para detener el creciente número de violaciones de Indígenas no serán suficientes si no se demarcan las tierras indígenas. Escribo y repito desde hace muchos años que es imposible entender el avance de la deforestación, que se convierte en ganadería y monocultivo de soja, sin entender el papel del patriarcado. La misma lógica que viola el cuerpo de la Selva, de los oceanos e y de todos los biomas, es la que viola el cuerpo de las mujeres. Tanto el cuerpo de la Selva como el cuerpo de las mujeres han sido convertidos en un cuerpo-objeto para invadir, dominar, violar y vaciar.

Quienes combaten la violencia contra las mujeres deben combatir la violencia contra la Naturaleza. No es un debate y otro debate, una lucha y otra lucha, sino la misma lucha.

Por eso el Congreso brasileño ataca la demarcación de los territorios indígenas. Lo que está en juego son cuerpos-territorios. Sin demarcación, los cuerpos-biomas serán subyugados de la misma manera que cuando llegaron los invasores europeos en 1500, con el avance sobre el territorio y la conversión de la Naturaleza en mercancía en los siglos posteriores. Con la demarcación, la violación se vuelve más difícil. Los cuerpos demarcados están menos sujetos a violaciones también en las cárceles brasileñas. Lo que está demarcado no está subyugado.

Quienes en estos momentos miren con perplejidad o ironía la pantalla en la que está estampado este texto recuerden la antológica frase del expresidente brasileño, ahora imputado, Jair Bolsonaro. En 2019, su primer año de gobierno, dijo, refiriéndose a la Selva y a la supuesta codicia de los europeos por la Amazonia: «Brasil es la virgen que todos los pervertidos de fuera quieren». La brutalidad de la ultraderecha es iluminadora.

Solo la intersección con la raza, el género y la clase permite comprender en profundidad los recientes ataques contra Marina Silva, ministra de Medio Ambiente y Cambio Climático, en el Congreso brasileño. Esta mujer negra, proveniente de la población tradicional amazónica llamada ribereña, que se alfabetizó a los 16 años, ocupa hoy la posición política más difícil de Brasil al encarnar la resistencia al avance de la devastación de la mayor selva tropical del planeta y de todos los biomas, tanto dentro como fuera del gobierno de Lula da Silva. Es su cuerpo, más que ningún otro, el que se interpone entre la motosierra y la Selva.

Cuando sufrió una emboscada verbal en el Senado, el pasado 27 de mayo, opositores y oficialistas la dejaron desangrarse. La escena, que se hizo viral en internet, pone de manifiesto la íntima relación entre el patriarcado y la violación de la Naturaleza que nos conduce al colapso del clima y de la biodiversidad.

Recordemos.

«La mujer merece respeto, la ministra no», atacó el senador Plínio Valério. El mismo senador ya había dicho hacía poco que tenía ganas de ahorcarla. El presidente de la comisión, Marcos Rogério, aliado de Jair Bolsonaro, le cortaba el micrófono cada vez que Marina Silva se defendía de los ataques. Al final, bramó: «Póngase en su sitio».

Odian a la ministra porque impide —menos de lo que a ella misma le gustaría y mucho más de lo que el propio Lula desea— el avance de la explotación de la Amazonia y de todos sus biomas. La odian por lo que intenta impedir que ocurra y manifiestan este odio porque es una mujer. Odian la idea y violentan a la mujer.

Marina Silva encarna la resistencia: es su cuerpo el que se interpone entre la motosierra y la Selva. Fotos: Andre Violatti/Ato Press/Folhapress y Lela Beltrão/SUMAÚMA

La violencia que sufrió Marina Silva por resistir en un lugar de poder, donde su cuerpo (infectado con leishmaniasis y contaminado con mercurio) es el que impide el avance sobre el cuerpo-Selva, es clave para entender este momento. En la Amazonia y en todos los biomas, el protagonismo de la lucha en defensa de la Naturaleza lo están ejerciendo las mujeres, al igual que son jóvenes mujeres las que lideran el movimiento que inició Greta Thunberg, otra que fue acosada incluso por autoproclamados progresistas cuando señaló la conexión entre el genocidio producido por Israel y la lucha contra el colapso del clima. Greta mostró que no se puede decirse ecologista sin luchar contra el ecocidio infligido por Israel, por lo que fue masacrada en las redes sociales y en artículos y vídeos de opinión. Las mujeres están en todos los frentes de la lucha contra la extinción, y esto no es una coincidencia.

El colapso del clima y de la biodiversidad, que condenará a muerte a una ingente cantidad de personas si no se frena, tiene género: lo han causado hombres y aún hoy son mayoritariamente hombres quienes toman las decisiones que aceleran la catástrofe, como queda claro en el Congreso brasileño. También tiene color, ya que tanto el colonialismo como el capitalismo que lo han producido fueron proyectos de hombres blancos. No es casualidad que la resistencia a esta fuerza de destrucción también tenga género y en las últimas décadas es cada vez mayor el protagonismo de mujeres no blancas en las luchas mundiales.

Esta relación está invisibilizada en los informes científicos, en una ciencia también blanca y en gran parte dominada por hombres, pero está determinando el curso de los acontecimientos. En este momento, la opresión es la destrucción de la casa-planeta. Y enfrentarse tanto a la misoginia y a la violencia sexual como al racismo es decir no a los proyectos de destrucción de la Naturaleza.

Recordemos también el ataque racista del diputado Kim Kataguiri (Unión Brasil) a la diputada indígena Célia Xakriabá (Partido Socialismo y Libertad) durante la votación del PL de la Devastación, el mayor ataque contra la Naturaleza y nuestro presente desde la dictadura militar-empresarial (1964-1985). «El pavo real es un animal asiático, no tiene nada que ver con una tribu indígena de Brasil. Pero hay gente a la que parece que le gusta hacer cosplay«, dijo Kataguiri, dirigiéndose claramente a una de las pocas diputadas indígenas de la historia de Brasil.  Con las palabras «ecocidio legislado» y «futuricidio» escritas en el pecho, Célia Xakriabá llevaba un tocado de plumas de pavo real. El cosplay es la práctica de disfrazarse de un personaje de ficción. «Este era un tocado sagrado que llevaban los Fulni-ô», respondió ella. «No tengo ningún problema en saber de dónde vengo. No necesito llamarlo cosplay, porque eso es racismo televisado», dijo Célia, la primera Indígena elegida diputada federal por el estado de Minas Gerais.

La diputada indígena Célia Xakriabá reaccionando a un ataque racista en el Congreso: «Esto es racismo televisado». Fotos: Luciano Candisani/SUMAÚMA y Bruno Spada/Cámara de los Diputados

Acusar a los Indígenas de ser falsos Indígenas es un clásico muy extendido. Hace unos años, estaba de moda llamarlos «indios paraguayos» (término que en portugués brasileño se usa a veces con el sentido de ‘falsificado’), en un doble ataque racista tanto contra los Indígenas como contra los paraguayos. O son falsos, o no estaban en sus tierras ancestrales en 1988, cuando se promulgó la Constitución, por lo que no tendrían derecho a ellas, como propugna la ley inconstitucional del hito temporal. Una ley inconstitucional que ignora deliberadamente que si no estaban en sus tierras era porque o bien habían sido expulsados o bien habían tenido que huir para evitar ser exterminados. Vale recordar que, durante la pandemia de covid-19, el gobierno de Bolsonaro solo registraba como Indígenas a quienes vivían en territorios homologados. Los miles que estaban en territorios no demarcados y en las ciudades se incluían en la población general, destituidos, por tanto, de su identidad y de sus derechos como personas originarias. La estrategia es clara: no demarcan los territorios y destruyen los biomas, pero los Indígenas son falsos porque viven en la ciudad. Eso va contra la Constitución, pero los predadores de la Amazonia no dudan en pisotearla.

Minutos antes de atacar a Célia Xakriabá, Kim Kataguiri había dicho esta imbecilidad: «Así yo también quiero que pongan una hidroeléctrica al lado de mi casa, también quiero que pongan una carretera al lado de mi casa». El político había sugerido que la oposición de los pueblos indígenas al PL de la Devastación se debe a un supuesto interés económico, porque perderían el derecho a recibir una indemnización por los daños irreversibles que algunas grandes obras han ocasionado en territorios indígenas. «Es dinero, es plata, chanchullos…». De esta forma, se burlaba de todas las víctimas y de toda la destrucción que han causado las grandes hidroeléctricas y carreteras, especialmente en la Amazonia.

Cabe recordar que Kataguiri es el fundador del Movimiento Brasil Libre (MBL), una milicia digital que ha abrazado a los peores personajes de la política brasileña desde 2013, de Eduardo Cunha a Jair Bolsonaro, y cuyas mentiras han provocado que algunas personas hayan recibido amenazas de muerte. De ahí también salió Arthur do Val, creador del canal de YouTube «Mamãe Falei», quien, al referirse a las mujeres de Ucrania, atacada por la Rusia del déspota Vladimir Putin, dijo que «son fáciles porque son pobres».

Y, con este nivel de obscenidad, el PL de la Devastación, que destruye el sistema de protección del cuerpo-Naturaleza y autoriza la violación de los cuerpos-territorio, fue aprobado por un Congreso que en su mayoría representa los intereses de las grandes corporaciones de soja, carne, minerales, ultraprocesados, pesticidas, fármacos, armas.

Sinop, en el estado Mato Grosso, ni siquiera parece que esté en la Amazonia: gran parte del cuerpo-Selva está destruido por el monocultivo de soja. Foto: Diego Baravelli/SUMAÚMA

También cabe señalar que, incluso en el campo progresista, la relación patriarcal está muy arraigada. PL de la Devastación es el nombre con que se bautizó el proyecto, ahora ley, para dar la dimensión real de lo que representa. Hay un segundo nombre, también popular, que es «la madre de todas las manadas [de bueyes]», en referencia a la declaración de Ricardo Salles, ministro de Medio Ambiente durante el gobierno de Bolsonaro, que, en una reunión entre el entonces presidente y todos los ministerios, defendió que, con la prensa ocupada en cubrir la pandemia que mataba a miles de personas al día, era hora de hacer pasar toda la manada, es decir, de aprovechar para destruir el marco legal de protección de la Naturaleza. Básicamente, lo que acaba de hacer el Congreso brasileño.

Pero ¿por qué «la madre de todas las manadas»? No hay ninguna madre en esta historia compuesta mayoritariamente por hombres. La crítica sería mucho más apropiada si se llamara —sí— «el padre de todas las manadas». Puede parecer insignificante, pero el cliché es cliché porque representa: el diablo realmente está en los detalles.

En la Amazonia, los movimientos ya están conectando las luchas, las mujeres saben que combatir la violencia contra sus cuerpos es combatir la violencia contra el cuerpo-Selva. Antonia Melo, en el Medio Xingú, es un ejemplo de lideresa que siempre ha conectado los frentes, es una de las principales voces contra la hidroeléctrica de Belo Monte y una de las principales voces contra la violencia infligida a las mujeres. Antonia Melo sabe que no es una lucha y otra lucha, sino la misma lucha.

Para la mayoría de los movimientos urbanos, no. Arrancados de la Naturaleza, a las organizaciones y activistas de la ciudad les cuesta restablecer las conexiones. Incluso para el movimiento ecologista de origen urbano, las cuestiones de género rara vez atraviesan el debate. Separar lo que llaman medioambiente como un nicho propio es una estrategia política pésima, que permite que la prensa tradicional y los políticos de distintos matices digan que «los ecologistas están en contra» de esto y de lo otro, como si no le concerniera a toda la población y como si los protagonistas no fueran mucho más amplios. La desconexión y la compartimentación son la lógica del capitalismo. En la Naturaleza (y no en el «medioambiente») todos los cuerpos están conectados y son interdependientes.

A nivel mundial, movimientos como el MeToo y sus derivados, que han roto el silencio en torno a la cultura de la violación, deben dar un paso más y ampliar su comprensión y su acción: la lucha solo será completa si se establece la conexión entre el cuerpo de las mujeres y el cuerpo de la Naturaleza, en una acelerada destrucción que podría culminar en la extinción de la vida. Enfrentarse a la violencia de género es enfrentarse a la destrucción de los cuerpos-Naturaleza. Sin entender esto, las mujeres como K. seguirán siendo violadas, porque antes sus territorios ya fueron violados. Para acabar con la violación de las mujeres, hay que acabar con la violación de la Naturaleza. Y si no detenemos la violación de la Naturaleza, continuaremos en dirección a la extinción a un ritmo cada vez más rápido.

Manifestación contra el PL de la Devastación: no se puede entender el avance de la deforestación sin comprender el papel del patriarcado. Foto: Lela Beltrão/SUMAÚMA


Texto: Eliane Brum
Colaboración: Rafael Moro Martins
Edición de arte: Cacao Sousa
Edición de fotografía: : Lela Beltrão
Chequeo de informaciones: Plínio Lopes
Revisión ortográfica (portugués): Valquíria Della Pozza
Traducción al castellano: Meritxell Almarza
Traducción al inglés: Diane Whitty
Montaje de página y finalización: Natália Chagas
Flujo de trabajo editorial: Viviane Zandonadi
Editora jefa: Talita Bedinelli
Directora editorial: Eliane Brum

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