Periodismo desde el centro del mundo

Cuando llegué iba a contar una tragedia anunciada por la subida del nivel del mar. Cuando me fui había entendido que, más allá de la amenaza climática, había superpoblación, abandono, resiliencia y futuro. El territorio de la isla que iba a desaparecer ha aumentado en las últimas décadas. Porque todo es más complejo. Como la propia vida de los gunas.

 

Llegué a Panamá para reportear la historia de una isla pequeña y plana que tiene los días contados, una historia sobre cómo el mar generoso y calmo que la rodea la anegará algún día. Ese islote se llama Gardi Sugdub, y lo superpueblan unas 1 300 personas, indígenas de la etnia guna en su inmensa mayoría.

Antes de venir acá, devoré informes académicos, reportes de oenegés ambientalistas, sesudos análisis científicos, opiniones de activistas y burócratas de todo pelaje y reportajes en varias de las cabeceras más reputadas del mundo. Leí que los gunas estaban condenados a abandonar sus islas, leí comparaciones de Gardi Sugdub con la mítica Atlántida, leí que será la primera comunidad de desplazados climáticos del continente, e incluso leí que el éxodo ocurriría en uno o dos años. Esto último lo leí en un artículo publicado en 2017.

Pero cuando me fui había entendido que todo es más complejo. Como casi siempre. Como en la vida.

Hoy es el segundo de mis seis días en Gardi Sugdub y me ha recibido para conversar su saila, José Davies. Los sailas son la máxima autoridad en cada una de las 49 comunidades gunas, figuras que imponen un respeto místico. José Davies tiene 82 años, la piel oscura, pies descalzos y una mirada empequeñecida por unos vidrios de categoría. Habla quedito y sólo en guna, su idioma.

José Davies (izquierda) es el saila de Gardi Sugdub, la principal autoridad de la isla. Bandera cooficial de la comarca de Gunayala, adoptada en octubre de 2010

An abege be inniggigwadba ibmar soged Gardi Sugdub negweburgi sunmaggalir —me dice casi al final, en un tono que resuena a regaño.

El saila José Davies ha sido –sigue siendo– uno de los promotores más entusiastas de la reubicación en tierra firme, pero niega que sea por temor al mar Caribe, a su mar, y hasta parece ofenderle la idea de una Gardi Sugdub sumergida.

—Nuestro saila ha dicho –traduce Betzander, guna también– que quiere que tú sí digas toda la verdad cuando hables sobre Gardi Sugdub.

Espero estar a la altura, saila.

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Cuando los guionistas de la serie La casa de papel dispersaron por el mundo a los protagonistas tras el asalto a la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, a la vigorosa Tokio y al risueño Río los escondieron en el archipiélago de Gunayala. Gardi Sugdub es una de sus 370 islas e islotes de coral. Los guionistas de la aclamada serie española eligieron con tino: bien entrado el siglo XXI, el de los gunas sigue siendo un territorio de acceso retorcido.

El pequeño puerto del que los botes parten a Gardi Sugdub está a 65 kilómetros en línea recta de Ciudad de Panamá, pero a nuestro pick-up le tomó más de cinco horas llegar. Ya se están haciendo arreglos en esa calle, pero los 41 kilómetros desde la carretera Panamericana hasta el Caribe eran una tortura medieval hasta ayer.

El aislamiento ha sido una constante en la historia de los gunas. Muy esquematizados, los últimos cinco siglos de este pueblo podrían resumirse así: a inicios del siglo XVI, al arribo de los conquistadores, los gunas estaban asentados en la franja costera caribeña de la actual Colombia, en torno al golfo de Urabá; la persecución española y rivalidades con otras etnias los llevaron a migrar hacia la selvática cordillera de San Blas –actual Panamá–, medida que les garantizó un aislamiento notable; con el paso de las décadas y los siglos, fueron buscando de a poco la costa, más expuestos a los galeones españoles, ingleses, franceses, holandeses y escoceses; a mediados del XIX, los gunas comenzaron a asentarse en el archipiélago –incluida nuestra Gardi Sugdub–, se cree que para huir de la malaria, de la fiebre amarilla; cuando en 1903 Panamá se independizó de Colombia, el nuevo Estado trató de asimilarlos culturalmente y los reprimió; los gunas se alzaron en armas y proclamaron su independencia –la efímera República del Tule y su bandera desfachatada, a la que regresaremos– por unas semanas de 1925; y desde 1938 su autonomía es ley de la República de Panamá, por presión de Estados Unidos, que prefirió ahorrarse un conflicto abierto a escasos kilómetros de su Canal de Panamá.

Y así, hasta hoy.

Hay antropólogos convencidos de que los gunas son uno de los pueblos indígenas que con mayor éxito han preservado su cultura, idioma y territorio. En la actualidad se estiman en unos 60 000 los gunahablantes, el idioma aplastantemente dominante en Gunayala, la entidad político-administrativa que, dentro del Estado panameño, otorga una autonomía extraordinaria a los gunas. Cuando uno habla con sus hombres y mujeres, no hay duda de que sienten un orgullo singular por su historia de resiliencia, casi tanto orgullo como el de Astérix y demás vecinos de aquella aldea poblada por irreductibles galos que resistió, todavía y como siempre, al invasor.

Para los gunas, las amenazas más urgentes hoy no son la supervivencia de su lengua o la pérdida de su identidad, como para tantos otros pueblos originarios. Las amenazas más urgentes son otras: el mar Caribe, la crisis climática. Pero lo dicho: todo es más complejo.

El 21 de noviembre de 2022 hubo un pequeño anegamiento del sector norponiente de Gardi Sugdub, algo habitual en los últimos meses de cada año

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“El proyecto nació por la superpoblación, no por el cambio climático”, me ha dicho el saila José Davies. Un par de minutos antes había soltado un no menos retador: “El mar no nos da miedo a los gunas. ¡Al contrario!”.

Sin duda alguna –sin duda alguna–, el Caribe representa una amenaza real, creciente, medible. Gardi Sugdub es una isla bastante rectangular que mide 300 metros de largo y 120 de anchura; cinco campos de fútbol sin graderíos. Era más pequeña hace 20, 30, 50 años; más luego comprenderán la aparente paradoja. Ahí se amontonan unas 160 viviendas amplias, unas 1300 gentes. Pero el verdadero problema es su planitud, condenatoria si sólo nos atenemos a las proyecciones de subida del nivel del mar por el calentamiento global.

Dos calles estrechas y polvosas atraviesan Gardi Sugdub a lo largo. Desde ellas y entre ellas, una maraña de pasajes aún más estrechos y polvosos que buscan el mar, los muellecitos. Casi todo son casas –precarias las más, decorosas las menos–, pero hay también una escuela, una maraña de cables, gatos, un puesto de salud, paneles solares, láminas, parabólicas, plásticos, banderitas que cuelgan, ropa tendida, bidones azules, gatos, una anacrónica cabina de teléfono cerca del muelle cardinal, charcos, sillas y gatos.

Lo que no hay en Gardi Sugdub son parques ni centro comercial ni asfalto ni fuentes ni bancos ni discotecas ni pizzerías ni cines ni skatepark ni aceras ni carros-semáforos-motos ni bullicios urbanos ni sombra de árboles ni policías municipales ni prostíbulos ni estatuas ni una placita. Gardi Sugdub no tiene ni siquiera un cementerio para enterrar a sus suyos.

Tres madres con la vestimenta tradicional esperan la salida de sus hijos en la escuela de Gardi Sugdub

Hace 25 años, en el extremo oriental del islote había una canchita para fútbol y baloncesto. La escuela está en el corazón de la isla y, cuando unos ingenieros alertaron de que el peso del edificio de dos plantas era un peligro, la comunidad se reunió, sopesó y optó por desmantelar la de arriba y construir esas aulas sobre el único espacio disponible: la canchita.

Superpoblación.

—Yo soy de los que promovió la reubicación —me ha dicho el saila José Davies— me sé toda la historia, pero ya estoy mayor; el señor Albertino Davis te lo explicará mejor.

Albertino Davis tiene 68 años y es guna también. Cuando lo entrevisté, presidía lo que acá se conoce como el Comité de la Barriada, el grupo de vecinos que sirve de enlace con el Ministerio de Vivienda de Panamá para coordinar la construcción de una colonia con 300 casas en el istmo.

Todo se detallará después.

Fue hace 15 años cuando al saila José Davies y otros ancianos venerados –fallecidos casi todos ya– se les ocurrió la idea de levantar un asentamiento fuera de Gardi Sugdub. El propio saila ofreció un terreno.

—Nosotros mismos íbamos a construir nuestras casas, porque muchas familias ya no cabían —dice Albertino.

Han pasado más de 15 años desde que aquel pequeño grupo de líderes gunas de Gardi Sugdub comenzó a organizarse, por el bien de sus nietas y bisnietos.

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Los mares están subiendo en la Tierra; no importa si lo crees o no, si te preocupa más o menos. El nivel subió un promedio de entre 15 y 25 centímetros –registrado, contrastado– desde que inició el siglo XX hasta 2018, con el aumento más acentuado en las décadas más mediatas. En la comunidad científica mundial, además, existe un consenso generalizado de que seguirá subiendo milímetro a milímetro durante el siglo XXI.

Disculpas por la perogrullada, pero el riesgo que representan los océanos lo es más en las tierras costeras con elevaciones mínimas; las islas pachitas, sobre todo. Y como las tragedias pronosticadas estimulan el interés, desde finales del siglo pasado se ha ido configurando una especie de atlas de territorios que tarde o temprano serán anegados.

Los paraísos del océano Pacífico se llevan la palma: Islas Marshall, Kiribati, Tuvalu, Fiyi… Fuera de la Oceanía de la Moana de Disney, la subida de los mares preocupa sobremanera en lugares tan dispares como las Maldivas o Yakarta (ambas en el Índico), en la isla del Príncipe Eduardo (Canadá), en Saint Louis (Senegal), en Nueva Orleans, en Venecia, en Holanda, en…

En nuestra Latinoamérica, el archipiélago de Gunayala fue el lugar icónico que el Sistema de Naciones Unidas seleccionó para concienciar sobre la amenaza global; y entre sus más de 370 islas, una en particular: Gardi Sugdub. Señalado el lugar, sin importar lo recóndito, los periodistas, los científicos y los políticos no tardaron en dejarse caer.

Fidelia Denis Ponce, de 76 años, carga las varas desde el muelle hasta su vivienda; esta es una labor que por lo general realizan las mujeres gunas

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Sus nietas y bisnietos –su futuro– son los que desde el inicio llevaron a Sergio López a embarcarse en la ocurrencia de alzar una colonia en tierra firme. Sergio –44 años, padre de tres hijos y dos hijas, y guna, por supuesto– se gana la vida con la venta de combustible para botes, con una tiendita en su vivienda y como guía turístico. En su teléfono guarda una fotografía junto al risueño Río, de cuando La casa de papel se rodó en Gunayala, a finales de 2018.

—Yo mismo trabajé en la limpia del terreno que elegimos al principio para la Barriada; trabajé con mi papá.

Sergio me cuenta esto a la sombra de unas palmeras en Assudub Bibbi, una islita de postal, salpicada de cabañas refinadas, hamacas y con una red para vóley-playa, destino vacacional de turistas pudientes, ubicada 14 kilómetros al noreste de Gardi Sugdub. En la conversa participa Betzander Arango, 43 años y guía turístico también, además de traductor ocasional.

De todo el archipiélago, Gardi Sugdub es una de las más afectadas por la superpoblación, no tanto por las inundaciones. El deseo de descongestionar es viejo, dos décadas al menos, estimulado por el saila José Davies y otros ancianos. Pero algo cambió en 2008.

En noviembre de aquel año las aguas se alborotaron sobremanera en esta parte del Caribe. Por tema de lunas y vientos y mareas, en Gunayala ocurre casi todos los noviembres y diciembres, desde siempre, pero en 2008 las áreas anegadas fueron más, por más días. Incluso hubo que posponer la reunión semestral del Congreso General Guna, que debía haber iniciado el 27 en Dadnaggwe Dubbir, una isla ubicada 100 kilómetros al oriente.

Aunque Gardi Sugdub no fue de las más afectadas, tras aquellas inundaciones comenzó a agarrar fuerza la vieja idea de reubicarse en tierra firme, aunque a ritmo caribeño. A mediados de 2010, las familias interesadas eran apenas 30; entre ellas, la de Sergio, a quien le tocó limpiar parte de la selva junto a José López, su padre.

En aquellos años –2008, 2009, 2010…– también empezaron a sonar en Gunayala conceptos que no existen en idioma guna, y que aún hoy los intercalan en español: calentamiento global y cambio climático.

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—Yo nací aquí y aquí moriré —me dice Ernesto Ávila.

Tiene 60 años Ernesto y es un guía turístico venido a menos, de la vieja escuela, de los que hoy tratan de engatusar a los jubilados gringos y europeos que desembarcan unas horas en la isla. Aún no son las 7 de la mañana de mi primer amanecer en Gardi Sugdub. He madrugado más que el sol y mi paseo cámara en mano para aprovechar la mejor luz ha finalizado en el muelle cardinal. Ahí estaba yo, enmimismado, cuando Ernesto me ha vociferado que llegue a su casa, en la orilla.

Me recibe en calzones y chanclas, botella de Bacardí en mano. Quiere saber quién soy, por qué las fotos. Se serena cuando le digo que soy periodista y que ayer, nomás desembarqué, pagué los 100 dólares de “impuesto de la comunidad” –con factura y sello, eso sí– que cobran para reportear sin reclamos. Me ofrece una silla y un café. Se desvive por contarme sus ambiciosos planes para escapar de la pobreza.

Ernesto Ávila supervisa el relleno que le permitirá extender unos metros su propiedad

Frente a nosotros, junto a un maltrecho cubículo de hojas prensadas (wagaras) que hace las veces de cagadero, hay un hombre sumergido en el mar, el agua al pecho y unas gafas de buceo en la frente. Se llama Arcadio y está rellenando.

También frente a nosotros están Gardi Dubbir y Gardi Yandub, a 300 y 500 metros; son dos islas no tan grandes ni tan superpobladas, pero lo suficiente como para tener sus propias autoridades, a su propio saila. Y más cerca, isla Coibita, un pedazo de tierra alargado que en las últimas décadas los gunas le han espoliado al mar, rellenando. Coibita es el hogar de unas 15 familias y aún dependen del saila de Gardi Sugdub.

Hace apenas cuatro días, se publicó un tuit con una fotografía satelital de las cuatro islas, tomada desde el Sentinel-2, de la Agencia Espacial Europea, y difundido por cuentas afines a Europa. “Los 1,200 habitantes (de Gardi Sugdub) pronto serán desplazados a tierra firme por la subida del nivel del mar provocada por el #CambioClimático”, dice el tuit. Se lo muestro a Ernesto.

—¡Mentira! ¡Eso es una mentira grande! ¿Por qué están mintiendo al planeta? ¿Qué ganan con una mentira así?

La prueba de que habla en serio es lo que está haciendo Arcadio, a quien Ernesto ha contratado para rellenar, para agrandar su propiedad.

El rellenado es relativamente sencillo y los gunas lo practican desde antaño. A dos o tres metros de la orilla, a poca profundidad, clavan grandes palos y los unen con tablones, que sirven de muralla de contención. Luego, depositan grandes piedras extraídas de los arrecifes; para una mejor retención, Ernesto las colocó sobre su viejo bote arruinado. “Entonces, van cerrando, van cerrando, como lo puedes ver ahora mismo”, dice Ernesto. La clave son las grandes rocas de coral, y las medianas, que se apilan de forma ordenada, aunque también se usa todo tipo de basuras sólidas y desechos no orgánicos. Por último, se recubre con tierra o con concreto, en función del presupuesto, y se retira la muralla. Y ya, el guna puede caminar donde unos días atrás había Caribe. Con lo que Arcadio está haciendo ahora mismo, le arrebatarán unos 10 metros cuadrados al mar.

—Yo aquí estoy feliz —dice Ernesto—. Quisiera algún día poner un bar, para los turistas, o ampliar más mi casa y ponerla en alquiler en eso del Erbienbi.

A medio hacer, yo lo miro inestable, la verdad, pero lo cierto es que a base de rellenos Gardi Sugdub es hoy más extensa y elevada que lo que lo era hace medio siglo. Por eso, y por el orgullo que los gunas expresan por su vida en las islas, suena imposible que esto algún día se vaya a vaciar, que se vaya a sumergir.

—A los viejos nos gusta el relleno; si uno va multiplicando la familia, uno tiene que rellenar para después de dar a las hijas —me dirá en unas horas Albertino Davis, el del Comité de la Barriada.

—Mis primos se acaban de construir una casa en isla Coibita —me dirá mañana Betzander.

Arcadio trabaja en la muralla que, una vez terminado el relleno, servirá para ganar metros al mar

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Calentamiento global y cambio climático empezaron a sonar en Gunayala, muy de a poco. El primer artículo del que se tiene registro que planteó la idea se publicó el 30 de agosto de 2010, en Mi Diario, una de las cabeceras de Ciudad de Panamá. En el reportaje, titulado ‘Hasta luego, querida isla’, se habla de un terreno en tierra firme limpiado –deforestado– para albergar a apenas 30 familias, unas 150 personas.

El texto contiene una referencia explícita al cambio climático y plantea que ya había conversaciones con el gobierno panameño para financiar la iniciativa.

—Desde cuando yo era niño en Gunayala ha habido vendavales fuertes, trombas marinas, mareas altas, y siempre el pueblo guna hemos estado aquí, sobreviviendo —me dirá más de una década después de aquel artículo el saila José Davies, octogenario.

Sin relación directa con la reubicación planteada por el saila de Gardi Sugdub, el Gobierno puso en marcha dos proyectos que, teniendo en cuenta la realidad de la comarca, bien merecen el adjetivo de faraónicos. Con un presupuesto superior a los 11 millones de dólares prestados por el Banco Interamericano de Desarrollo, se diseñaron un ambicioso complejo escolar (biblioteca, laboratorio, gimnasio, dormitorios…) y el más moderno y equipado centro de salud para Gunayala; ambos en tierra firme, uno a la par del otro, un kilómetro y medio arriba del pequeño puerto.

Se licitaron y se empezaron a construir en la administración de Ricardo Martinelli (2009-2014). A Martinelli lo sucedió Varela; y a Varela, Cortizo, y tanto la escuela como el hospitalito siguen a medio hacer, abandonados. Un ejemplo de manual de lo que los argentinos llaman elefante blanco (así se titula la película protagonizada por el genial Ricardo Darín).

La desidia histórica del Estado hacia los gunas también se plasmó en el proyecto de la reubicación. Las conversaciones entre el germen de lo que con el tiempo se conocería como el Comité de la Barriada y el Gobierno cristalizaron en 2011 en un plan para construir en tierra firme una colonia para 65 familias.

Bautizado como Nuevo Cartí, pasó a manos del Ministerio de Vivienda y Ordenamiento Territorial, el MIVIOT. Se hicieron consultas, estudios, propuestas, se elaboraron planos y hasta se fijó una inversión de 2.4 millones de dólares… pero nunca hubo primera piedra.

Ni una sola vivienda, pero aquellos vaivenes sirvieron al menos para aterrizar tres ideas: la primera, concerniente a la propia comunidad de Gardi Sugdub, fue que, como de las 30 familias interesadas al inicio se pasó a 65, acordaron que las nuevas compensarían con un aporte económico al Comité todo el trabajo realizado por las originales. Este modelo se replicó años después, cuando el número de casas saltó a 300.

En segundo lugar, los gunas se resignaron a aceptar viviendas pequeñas dentro de un lote holgado; la casa modelo para Nuevo Cartí apenas tenía 36 metros cuadrados de construcción dentro de una propiedad de 450 metros cuadrados.

Y en tercer lugar, se descartó la romántica idea inicial de que la Barriada se construyera con materiales originarios, similares a los que los ancianos conocieron cuando eran niños. Algo así habría encarecido todo, y se optó por el pragmatismo.

Así me lo justificó Dilion Navarro, el guna de 56 años al que su comunidad eligió como enlace ante la constructora que en la actualidad trata de finalizar el proyecto: “Incluso en Gardi Sugdub ya quedan muy pocas casas culturales, lastimosamente, porque las hojas de zinc son más baratas que un techo tradicional de wagaras; ya el guna está acostumbrado a vivir así, pues, y no es problema que sean casas como las de Ciudad de Panamá”.

—Yo sé que a mis hijos les va a gustar más en la nueva colonia, sobre todo a los pequeños, porque verán televisión todo el día, tendrán aire acondicionado —me dirá Sergio; la modesta planta que abastece Gardi Sugdub de energía eléctrica se apaga por las noches.

De todas maneras, lo dicho: Nuevo Cartí resultó un bluf.

Yanicela Oyuri Vallarino y el guía turístico Sergio López en la pequeña tienda abierta en un sector de su vivienda

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El pueblo guna tiene la esvástica por bandera.

Uno de los dos pabellones de Gunayala es rojo-amarillo-rojo, calcado al de España, pero con la gran esvástica negra al centro. Por desfachatada resulta chocante. En Gardi Sugdub la he visto ondear en astas, en casas, en barcas, en la Casa del Congreso y en la Casa de la Chicha Fuerte, pintada en grafitis, impresa en souvenires.

—Todos piensan que es por los nazis, pero para nosotros tiene otro significado —me dice Deliano Davies, quien atiende el autoproclamado Museo de la Cultura Guna.

Los gunas izaron esta su bandera en 1925 por primera vez, durante la Revolución Tule, el levantamiento armado que condujo a la amplia autonomía política y administrativa de la goza este pueblo dentro del Estado panameño. Un siglo después, la bandera sigue siendo un vigoroso motivo de orgullo.

Hay varias hipótesis sobre cómo la esvástica terminó ahí, en una década en la que en Occidente era un símbolo del supremacismo ario: una asegura que la dibujó la nieta de uno de los líderes de la revuelta; otra, que la cruz gamada es un distintivo que se remonta a los orígenes místicos de los gunas.

Y otra teoría –la más sólida, en mi opinión– apunta hacia los desvaríos del explorador y diplomático estadounidense Richard O. Marsh, quién había llegado a Gunayala a buscar caucho unos años antes. Marsh se obsesionó con la idea de haber hallado entre los gunas una rama perdida de la raza aria, se ganó la amistad de los líderes, les granjeó la simpatía del Gobierno de Estados Unidos, y estimuló y asesoró a los indígenas contra el panameño. Su obsesión etnológica, plasmada en el libro Los indios blancos del Darién, lo llevó a embarcar a dos niños y a una niña gunas de piel blanca y llevárselos a Nueva York, para demostrar a la comunidad científica que eran descendientes de escandinavos. “Mis tres pequeñas niñas parecían saludables noruegas, no monstruosidades biológicas”, se atrevió a escribir en su libro.

Al final, resultaron ser gunas albinos. Ibegwa, en su idioma.

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Nuevo Cartí resultó un bluf, pero esa primera mitad de la década de 2010 fue clave en el auge de la crisis climática en la agenda mundial. El Sistema de Naciones Unidas hizo suyas las advertencias que rara vez salían de los ámbitos académicos, y los gunas en general –y Gardi Sugdub, en particular– empezaron a erigirse estandarte de las consecuencias nefastas del aumento del nivel de los océanos.

El Gobierno de Panamá se percató del potencial, y para 2015 elaboró la carpeta sobre la colonia de 300 casas que aún hoy se construye a la par del elefante blanco abortado.

Desde París 2015, el pueblo guna y su mar Caribe se han colado, de la mano del Ministerio de Ambiente (MiAmbiente) panameño, en cuanta Conferencia de las Partes (COP) ha organizado Naciones Unidas. Al principio, sin siquiera consultar al Congreso General Guna; luego, con coordinación creciente, hasta llegar a integrar a los líderes indígenas en las delegaciones oficiales, como ocurrió en la COP-27 de Sharm el-Shei (Egipto), celebrada los mismos días en los que yo reporteaba en Gardi Sugdub.

Pero sobre la construcción en sí de la nueva colonia, ocho años de mucha arena y poca cal.

Está previsto que las 300 viviendas que integran Isberyala sean entregadas a los gunas de Gardi Sugdub en febrero de 2024

—Los planos se sometieron a la comunidad, y ellos fueron aprobando cómo se iba a desarrollar —me dijo en su despacho en la capital Marcos Suira, director de Ingeniería y Arquitectura del MIVIOT.

Las obras tienen financiación aprobada, más de 12.2 millones de dólares, pero esos fondos se convirtieron en la alcancía que el Gobierno martilla ante cualquier imprevisto. Cuando en noviembre de 2016 el huracán Otto se ensañó con las provincias de Colón y Bocas del Toro, la reubicación guna se postergó. Cuando vino la pandemia, ídem. Y cuando en julio de 2022 se desataron las más multitudinarias protestas de la historia reciente del país, Presidencia volvió a desfinanciar la construcción para hacer frente a compromisos adquiridos.

Yo visité la Barriada la última de mis mañanas en Gunayala, y la obra estaba prácticamente paralizada. Oficialmente, el avance era del 64 %, pero los meses de abandono ya pasaban factura.

—Falta mucho aún, mucho, y como está atrasado, lo avanzado se está deteriorando: las calles se están lavando, las casas se llenan de malezas, se están oxidando cosas… —me dijo Dilion Navarro, casi enfurecido.

Lo que sí es definitivo es el nombre de la que pasaría a ser la quincuagésima comunidad guna: Isberyala, porque los nísperos (isber, en guna) abundaban en la zona deforestada, un área alejada de la costa dos kilómetros, que ni siquiera sería afectada por el tsunami más destructivo.

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Llueve recio sobre Gardi Sugdub y el mar está más fiero que de costumbre. Las olas se elevan 30 o 40 centímetros, no más, pero hay marea alta, y la parte más occidental de la isla se está anegando. Pese a todo lo escuchado en los cuatro días acá, por un instante creo estar presenciando el inicio del final de esta isla. Esto hay que registrarlo.

A unos pasos de la orilla, el agua salada me llega hasta los tobillos y se adentra unos 40 metros en la isla, hasta que se funde y confunde con los charcos dulces del aguacero. Un grupo de turistas –chelones, chelonas– también curiosean y fotografían, sorprendidos y sorprendidas. No así la abuela guna sentada en una silla plástica, vestida con su traje tradicional de colores vivos, su mola, sus chaquiras, su pañuelo anaranjado en la cabeza. A la par, en otra silla, su nieta de unos siete años. Están como si nada a 10 metros de donde rompen las olitas. Como si nada.

Es noviembre, 21 de noviembre, y, como casi todos los noviembres y diciembres en Gunayala, las aguas se alborotan por tema de lunas y vientos y mareas. La preocupación de la abuela, alcanzo a entender por su español precario, es que el anegamiento está ocurriendo justo el día que frente a Gardi Sugdub ha fondeado un crucero y por un par de horas han desembarcado unos 200 potenciales clientes de los souvenires que vende.

No es un barco cualquiera. Es el Royal Clipper, un velero de cinco mástiles y 134 metros de eslora, el más lujoso de los navíos de la empresa de cruceros europea Star Clippers Ltd., que tiene en el mar Caribe uno de sus destinos más demandados. El Royal Clipper aparece en el libro Guinness World Records como el barco de velas cuadradas más grande del mundo. En unas horas, cuando haya dejado de llover, Sergio me llevará a rodearlo en su bote, a admirarlo, y en verdad impresiona.

La inmensa mayoría de los 200 turi$ta$ desembarcados pasean y compran por el resto de la isla, engalanada para la ocasión. Se mueven en grupitos. Son el prototipo de jubilado norteuropeo, con sus alturas, sus palideces, sus canas, sus chores y camisas, sus calcetines blancos y sus costosas cámaras de fotos. El sueño húmedo de Richard O. Marsh, aquel supremacista. Cada uno ha pagado entre 5 200 y 10 300 dólares por este crucero que partió antier de Ciudad de Panamá, atravesó el Canal, y en 13 días atracará en la capital de Antigua y Barbuda, punto y final del trayecto.

Gardi Sugdub es la primera parada. Llevan décadas recibiendo este tipo de cruceros y el sentido de la rebusca está muy desarrollado. Como esa niña de seis o siete, vestidita pura postal que, a cambio de un billete, se deja fotografiar sonriente con un tucán amaestrado en su hombrito. Los niños y niñas con animalitos son garantía de flujo; las he visto con gatitos y con cachorritos de can, pero la del tucán, sin duda, es la sensación del bloque.

En poco más de una hora los chelones regresarán al Royal Clipper –ruta a Cartagena de Indias–, los souvenires se guardarán hasta la próxima, y mucho del colorido de las calles y pasajes desaparecerá. Tardará unas horas más, el océano se habrá vengado con un vómito de plásticos y basuras y desperdicios en las áreas anegadas, pero las aguas terminarán retrocediendo… hasta la próxima inundación en Gardi Sugdub.

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El tsunami más destructivo del que se tiene registro en Panamá ocurrió el 7 de septiembre de 1882, tras un terremoto de 7.9 grados en la escala de Richter, con epicentro en el corazón del archipiélago de Gunayala. Las olas superaron los tres metros, devastaron todas las islas y la franja costera, y la cifra estimada de fallecidos oscila entre 75 y 250.

Aunque ocurrido hace un siglo y medio, aquel tsunami apareció seguido en mis conversas con los gunas de Gardi Sugdub cuando hablamos sobre su (no) reubicación en tierra firme. El pueblo guna se levantó de aquella prueba que les pusieron Babdummad (el dios padre) y Nandummad (la diosa madre); ni por aquella devastación infinita abandonaron sus islas. Lo cuentan con orgullo.

Según la Tercera Comunicación Nacional sobre Cambio Climático, elaborada por el MiAmbiente y presentada en 2019, el nivel del mar aumentó 36 milímetros entre 1992 y 2012, lo que equivale al largo del capuchón de un Bic, sin el rabito. Treinta y seis milímetros en dos décadas. Que los antepasados permanecieran en sus islas tras un tsunami que generó olas de 3 000 milímetros pesa, y seguirá pesando. También la convicción de que rellenar es un antídoto confiable.

—El ascenso del nivel del mar va a seguir ocurriendo, y las marejadas van a seguir ocurriendo, y el calentamiento, y la acidificación… Sí, tenemos que prepararnos… —me dijo la bióloga marina Maribel Pinto, jefa del Departamento de Adaptación al Cambio Climático del MiAmbiente.

Cuando le pregunté si creía que en 10 o 20 años Gardi Sugdub iba a estar despoblada o sumergida, como tantos colegas han publicado con ligereza, Pinto respondió que a su Gobierno le corresponde prepararse para tener la menor cantidad posible de personas viviendo ahí, pero que si vivir en las islas “es parte de su cultura, de su conexión, tendremos que respetarlo”.

A estas alturas de la crónica debería estar claro: ni Gardi Sugdub será una Atlántida del siglo XXI, ni sus 1 300 pobladores serán la primera comunidad de desplazados climáticos de América Latina.

Niñas gunas juegan fútbol en el pequeño patio de la escuela de Gardi Sugdub

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—Tenés que bañarte en el río —me dice Sergio.

—Es en serio —remacha un descamisado Betzander, ante mi cara de perplejidad.

Todavía faltan un par de horas para que anochezca y estamos en un meandro del río Cartí Grande, en medio de un bosque selvático de verdes intensos. Venimos saliendo del cementerio de los gunas de Gardi Sugdub, un privilegio que aún no termino de procesar, pero que me está haciendo sentir como DiCaprio en la proa del Titanic.

Ayer falleció un viejo profesor de la infancia de Betzander. Él quiso presentar sus respetos y me ofreció acompañarlo. Hace un par de horas, los tres nos subimos en el bote de Sergio y navegamos primero los dos kilómetros hasta la desembocadura del Cartí Grande, y luego otros dos kilómetros serpenteantes río arriba. Estamos en tierra firme; no tan lejos de Isberyala, por cierto, aunque con la espesura de por medio.

El cementerio –neguan, en guna– no es vistoso, pero sí es funcional. Una sucesión de techumbres de zinc –los más– y de pencas entrelazadas –los menos. Cada estructura pertenece a una familia. Sin cruces. El terreno es irregular y no hay mucho orden.

Cuando hemos llegado, unas diez mujeres mayores con sus trajes, molas y chaquiras multicolores nos han ofrecido asiento, almuerzo y sonrisas. De un recipiente grande y profundo hemos comido con las manos un arroz requemado pero sabroso. Han estado hablando en guna, y riendo; nada que ver con ninguno de los funerales a los que he asistido en mi vida. Era un ambiente casi festivo. Después de comer, hemos ido al lugar en el que estaba el muerto, envuelto en una especie de hamaca, y Betzander ha juntado sus manos y pronunciado algunas oraciones; en guna, por supuesto. Luego, los tres hemos dado una vuelta por el neguan, y Betzander nos ha mostrado el rincón de sus antepasados. Cero fotos, por respeto. De ahí hemos bajado por donde hemos subido, hemos vuelto a saludar a las mujeres amables –más risas y complicidades– y nos hemos dirigido al bote, al meandro.

Y aquí estamos ahora, semidesnudos en las aguas del río Cartí Grande, para que ninguna mala vibra del neguan se venga con nosotros. Esto no es solo reporteo, es una vivencia que me late que recordaré por siempre. “El dios del periodismo me ha ayudado hoy”, anotaré en mi libreta esta noche, en el cuartito junto al muelle cardinal en el que me he hospedado todos estos días.

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El 11 de marzo de 2022, Laurentino Cortizo y Rogelio Paredes, presidente de Panamá y ministro de Vivienda, visitaron Isberyala cuando estaba a medio terminar, pero la constructora aún recibía sus pagos y la obra avanzaba a buen ritmo. Fue una visita relámpago: helicóptero, casa modelo, fotos, paseíto por la calle más presentable, video, reunión con líderes de Gardi Sugdub, más fotos y video, y regreso a la capital.

El presidente Cortizo les garantizó que regresaría a Isberyala en septiembre de 2023, a inaugurar con bombo y platillos la colonia-compromiso de su gobierno con el pueblo guna y con el combate a los efectos de la crisis climática. Esa fecha apalabrada tampoco se cumplirá.

—Ahora nos han dicho que para febrero de 2024 —me dice Sergio por teléfono ocho meses después de despedirnos con un abrazo en el pequeño puerto desde el que zarpan los botes a su isla.

No he dejado de hablar con él en todo este tiempo. Lo nombraron por un tiempo presidente del Comité de la Barriada. Y gracias a Babdummad y Nandummad, me dice, el Caribe los ha respetado y no ha habido inundaciones significativas en Gardi Sugdub este año.

Y sí, el Caribe seguirá subiendo milímetro a milímetro durante el siglo XXI.

Y sí, en las islas de Gunayala seguirán rellenando.

An abege be inniggigwadba ibmar soged Gardi Sugdub negweburgi sunmaggalir —me dijo casi al final de nuestra conversa el saila José Davies, en un tono que resonó a regaño.

Que dijera toda la verdad. Espero haber estado a la altura, saila. ¡Doggus nued!

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Roberto Valencia es periodista. Nacido en Euskadi en 1976, reside en El Salvador desde 2001. Sus crónicas, reportajes y columnas se publican en medios como The Washington Post, El País, piauí, RT, Gatopardo, BBC, Vice, Internazionale e The New York Times. Ha ganado, entre otros reconocimientos, el Premio Gabo 2020.

Este reportaje forma parte del proyecto Colapso, de Dromómanos, una productora de periodismo independiente con sede en México.


Sobre Dromómanos
Dromómanos es una productora de periodismo independiente que investiga, forma y experimenta para contar América Latina junto a periodistas de toda la región. El proyecto surgió en 2011, cuando sus fundadores, Alejandra S. Inzunza y José Luis Pardo Veiras, recorrieron el continente a bordo de un Volskwagen Pointer de tercera mano intentando crear un nuevo modelo periodístico de cobertura continental documentando con más de 20 reportajes de largo aliento y el libro Narcoamérica cómo el tráfico de drogas afecta la vida de nuestras sociedades en toda Latinoamérica. En estos doce años Dromómanos ha trabajado con más de 100 colaboradores y se ha aliado con 60 medios nacionales e internacionales para narrar los temas más acuciantes para los latinoamericanos como la violencia, la crisis climática, el autoritarismo, la migración o la corrupción.

Sobre el proyecto Colapso
¿Qué ocurre cuando la fuerza de la naturaleza se cruza con las miserias de la humanidad? En pocos lugares se puede encontrar una respuesta más contundente a esta pregunta sobre nuestro presente y futuro como en América Latina, la región más desigual y una de las más biodiversas del mundo. Colapso se adentra en las selvas, sierras, islas, bosques, desiertos, océanos y ciudades de esta región para contar en el terreno los síntomas y consecuencias de la crisis climática.

Reportaje, texto y fotos: Roberto Valencia
Verificación: Dromómanos
Revisión ortográfica (portugués): Valquiria Della Pozza
Traducción al portugués: Paulo Migliacci
Traducción al inglés: Charlotte Coombe
Edición visual y montaje de página: Viviane Zandonadi, Lela Beltrão y Érica Saboya
Dirección: Eliane Brum

Assudub Bibbi, destino vacacional de turistas pudientes. La isla caribeña se ubica a 14 kilómetros al noreste de Gardi Sugdub

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