Periodismo desde el centro del mundo

Clara Opoxina, a quien los Yanomami llaman «mujer valiente», coordinó la reapertura de los centros de salud cerrados durante la invasión minera. Foto: Lela Beltrão/SUMAÚMA

Cada quincena, Clara Opoxina pasa al menos siete días dentro de la Tierra Indígena Yanomami. En una extensa región montañosa del estado brasileño de Roraima, una de las más devastadas por la invasión minera y donde viven unos 10.000 indígenas, la enfermera y los equipos que coordina recorren las aldeas, toman muestras de sangre de los dedos de todos los habitantes para diagnosticar la malaria, medican a los enfermos y rescatan a los que se encuentran en estado grave. También intentan reanudar la atención sanitaria básica, vacunando y controlando las verminosis y la desnutrición.

Esta ha sido la rutina de Clara desde principios del año pasado, cuando el gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva declaró el estado de emergencia en la salud pública del mayor territorio indígena de Brasil, con una extensión de 96.600 kilómetros cuadrados y una población estimada de 31.000 habitantes. Ha estado en comunidades que llevaban más de dos años sin recibir equipos de salud. También ha ayudado a reabrir cuatro de los siete centros base de salud que habían sido abandonados o cerrados como consecuencia de la invasión minera durante el gobierno del extremista de derecha Jair Bolsonaro. Hay 37 centros en todo el territorio, y al menos uno sigue desactivado.

A pesar de las acciones de emergencia, 363 Yanomami de la Tierra Indígena murieron en 2023 —dentro o fuera de su territorio, ya que muchos tuvieron que ser trasladados a hospitales—, según informó el Ministerio de Salud el 22 de febrero. El número es un 6% superior a los 343 registrados en 2022, el último año del gobierno de Bolsonaro, que incentivó la minería ilegal y puso a personas de su confianza a cargo de la gestión de los Distritos Sanitarios Especiales Indígenas para que fueran menos eficientes. El gobierno de Lula argumenta que hubo subregistro en la administración pasada. De hecho, la propia Clara todavía está tratando de contar a los muertos de los últimos años. Aun así, las víctimas corresponden a un estremecedor 1% de la población de la tierra Yanomami. En reportajes anteriores de SUMAÚMA, quienes trabajan en la región atribuyeron la situación a errores de gestión y a la falta de cooperación de las Fuerzas Armadas para expulsar a los mineros.

Clara participa en un rescate de enfermos en helicóptero en Haxiú, en junio de 2023, y examina a un niño en Wathou, en marzo de 2024. Fotos: archivo personal

En 2024 hará 12 años que Clara trabaja en el Distrito Sanitario Especial Indígena Yanomami (está subcontratada, como todos los empleados). La enfermera es cauta con sus palabras, pero deja claro que el genocidio de este pueblo, que viene siendo exterminado en oleadas intermitentes desde su encuentro con los napëpë (no indígenas) el siglo pasado, no terminará hasta que se expulse a los mineros por completo. En la región montañosa de Roraima, en el territorio Yanomami, la malaria no es endémica. Son los mineros, que durante el gobierno de Bolsonaro llegaron a ser unos 20.000, los que traen la enfermedad.

Y lo que es peor: los cráteres que excavan en busca de oro y casiterita y los equipos que utilizan —dragas, bidones de gasolina, cocinas— acumulan agua estancada y se convierten en criaderos de mosquitos del género Anopheles. La hembra es el vector de los parásitos del género Plasmodium, que causan la malaria. Si los mineros siguen volviendo tras ser expulsados, como ocurrió en el segundo semestre del año pasado —Clara dice haberlo visto «con mis propios ojos»—, es imposible acabar con estos criaderos.

Nacida en Barbacena, en el estado de Minas Gerais, Clara se trasladó a la Amazonia en cuanto se graduó. Es una de las pocas personas del Distrito Sanitario Especial Indígena Yanomami que habla yanomam, una de las seis lenguas locales. El nombre de Opoxina, que significa ‘cola de armadillo’, se lo dieron los Yanomami cuando se enamoró de los collares con estas colitas que llevan los niños pequeños como amuletos. Hoy Clara lleva un collar con una cola de armadillo gigante. La enfermera ya ha tenido malaria dos veces: estaba enferma cuando dio a luz a su hija mayor, de 8 años. La pequeña tiene 5.

INFOGRÁFICO: RODOLFO ALMEIDA

A continuación, los principales extractos de la entrevista, que tuvo lugar en Río de Janeiro en febrero de 2024.

SUMAÚMA: ¿Cómo es tu rutina de trabajo?

CLARA OPOXINA: Tengo la base en São Gabriel da Cachoeira, en un extremo del territorio Yanomami, en el estado de Amazonas, y cada quince días atravieso la tierra indígena. En la región de São Gabriel, el Distrito Sanitario Especial Indígena dispone de una logística para llevar medicamentos y profesionales cada quince días. Son tres horas de vuelo hasta Boa Vista, capital del estado de Roraima, en un avión de carga en el que caben diez personas, incluido el copiloto. En Roraima tengo que organizar las cosas, pesarlo todo… Suelo entrar [en el territorio] al día siguiente. Es una hora y 40 minutos en un avión monomotor hasta el centro base de Surucucu. Allí coordino una región que incluye diez centros base, que atienden a casi 10.000 Yanomami. El año pasado estuve hasta septiembre reabriendo los puestos de esta región que se cerraron durante el período en que estaba tomada por la minería ilegal. En octubre ya habíamos conseguido reabrirlos y empecé a coordinar las misiones para llegar a las aldeas más remotas, que no tenían asistencia.

Después de que el gobierno declarara el estado de emergencia en el territorio, se esperaba que la situación sanitaria mejorara más rápidamente. Pero sigue siendo dramática en algunos lugares…

En algunos lugares, sí, porque hay mucha malaria. Hasta mediados de año, se expulsó a los mineros, pero luego, como han mostrado los medios de comunicación, empezaron a volver y esto está afectando de nuevo. Y está toda esta complejidad, necesitamos a muchos equipos para estar en muchos sitios. Y la malaria es una enfermedad dinámica. Si un Yanomami que tiene malaria va a otra comunidad donde no hay, esa comunidad empieza a tener casos, así que tenemos que seguir yendo a todos los focos. Además de los rescates que hacemos, intentamos entrar para prestar asistencia.

¿Y cómo ocurren los rescates?

En esta región, vamos en helicóptero. Hay rescates todos los días. En algunos lugares, los Yanomami tienen una radio, informan de quién está gravemente enfermo, de cuántos son. A veces utilizan la señal de internet de los mineros, si es que todavía tienen, porque ha disminuido mucho. Y a veces caminan un día entero hasta una comunidad que tiene radio. Estas llamadas llegan de varias formas, pero ocurren todos los días. Las distancias son gigantescas. A veces, la comunidad está a tres días a pie del puesto de salud más cercano. En Surucucu no hay barcos, es una región montañosa. Más al norte está el río Parima, que es navegable; la zona de Parafuri tiene otro río, pero en la mayor parte de esta región los Yanomami caminan mucho. Cuando no tenían malaria, se desplazaban hasta el puesto, están acostumbrados a hacer trayectos a pie de un día. Pero ahora, con la malaria, la situación es muy delicada, porque están debilitados.

Y cuando una persona contrae la malaria en una comunidad, ¿acaban todos infectados?

No siempre, contagiará en secuencia. A veces vamos a la comunidad, pasamos allí siete días, hacemos una búsqueda activa. Recogemos muestras de todas las personas que viven allí [el diagnóstico se hace examinando una gota de sangre en un portaobjetos], a veces son cien personas. Los Yanomami viven repartidos en varias xaponas [así se refiere Clara a la palabra xapono, que en lengua yanomamɨ da nombre a las casas comunales]. Nos dividimos para visitarlos a todos. El piloto del helicóptero nos deja en el claro más grande, vamos primero a la xapona más cercana y, desde allí, vamos caminando hasta las otras, para recoger el portaobjetos de todos. Luego volvemos, el microscopista analiza los portaobjetos, el segundo día por la mañana empieza a dar los resultados, y volvemos otra vez para llevar el tratamiento. Si alguien está muy debilitado, muy grave, tenemos un teléfono por satélite para dar el aviso. El helicóptero lo lleva a Surucucu, porque allí hay médicos y una estructura mínima por si hay que llevarlo a un hospital. Y nosotros nos quedamos allí, en estas aldeas, al menos siete días.

El equipo de Clara recoge muestras de sangre para poder diagnosticar la malaria en Makabei. La prueba se realiza a todos los habitantes de las casas colectivas que visitan. Foto: archivo personal

¿Siguen muriendo muchos niños este año o la situación ha mejorado un poco?

Ha mejorado un poco, pero todavía hay casos problemáticos. La malaria está en su apogeo, hay otras patologías que ya existían antes. La cuestión nutricional ha mejorado en algunas regiones.

¿La malaria siempre coincide con la presencia de la minería ilegal?

En esta región [montañosa de Roraima], sí. La malaria no era endémica.

¿La minería atrae a mucha gente?

Los jóvenes se deslumbran con la posibilidad de tener un celular, un parlante. Hay jóvenes perdidos en la selva, y me pregunto cuál es la estrategia para mostrarles otro camino. Son jóvenes que han visto lo peor de nuestra sociedad. Tenemos una juventud perdida, chicos que van armados, que han tenido contacto con drogas, alcohol, cosas que no pertenecían a su mundo. Solo conocían a la gente de la salud. Cuando no había malaria, íbamos a la xapona, pesábamos a los niños para comprobar su estado nutricional, hacíamos tratamientos masivos contra la oncocercosis [enfermedad parasitaria que afecta a la piel y los ojos], que se está eliminando en el territorio, y vacunábamos.

¿Era más bien mantenimiento?

Se hacía más atención primaria, y ahora vamos a tratar la malaria grave, desnutrición grave. Cuando entramos en la xapona vemos a personas muy enfermas, débiles, anémicas, que no se les ha vacunado. Y el equipo sanitario sigue en proceso de emergencia. Estamos progresando, ahora hay más profesionales en el Distrito Sanitario Especial Indígena. Pero ¿cuáles son las medidas a largo plazo? En el sistema sanitario también vamos a tener que pensar en ello. Siempre digo que la salud indígena no es solo atención primaria. Tienes que atender un accidente grave, a una persona a la que han disparado, y no tienes toda la medicación porque se supone que es solo atención primaria. Pero si conseguimos reducir el gran brote de malaria, podremos intensificar las demás acciones. Hoy en día intentamos hacerlo todo a la vez, pero las diferentes esferas de gobierno deben llevar la presencia del Estado al territorio indígena con responsabilidad. He visto con mis propios ojos cómo se expulsaba a los mineros, podíamos llegar, atender a la gente, ver qué personas habían muerto allí para hacer los certificados de defunción, sacarlas del censo de población. Y, después, al final del año, no podíamos volver a ese lugar porque los mineros habían vuelto otra vez. ¿Y cuáles son las propuestas? ¿Una eterna emergencia? No funcionará.

¿Viste de cerca el aumento de mineros durante el gobierno de Bolsonaro?

Eso es exactamente lo que vi, lo que veo, el antes y el después. En esta región [montañosa] no había mineros. La gente decía: «Allí, muy lejos, hay mineros», pero nunca los veías, nunca oías los motores. No era lo que fue después. Estaban más lejos y no eran una amenaza para la sociedad Yanomami como lo son ahora, una amenaza para la cultura, el modo de vida, traen tanta enfermedad y sufrimiento. Empecé en el Distrito Sanitario Especial Indígena trabajando en esa región [montañosa] y volví al cabo de seis años. Durante el gobierno de Bolsonaro estuve más en el estado de Amazonas. En aquella época, faltaba de todo.

En aquella época, ¿también conseguían hacer rescates?

Sí, pero a veces decían que el helicóptero se había averiado. Se pasaba diez días sin volar y mucha gente moriría [porque hay zonas del territorio a las que solo se puede llegar en helicóptero].

¿Y siguen estando subregistradas las muertes de ese período?

Aún estamos entrando en las comunidades, y ya sabes que los Yanomami no hablan de los que han muerto. No hablan con el primer profesional que llega. Un novato no podrá hacer estos certificados de defunción. Verá el nombre ahí y los Yanomami le dirán «táchalo porque ese murió». Pero no querrán decir ni cómo ni cuándo. Por eso mezclamos a los más experimentados con los novatos. Xitei fue un lugar donde conseguimos descubrir muchas de las defunciones de los últimos años. Es una región emblemática, muy invadida, que cuenta con 1.500 Yanomami repartidos en 23 aldeas. Había trabajado allí antes y, cuando volví, vi que la degradación ambiental y social era muy evidente.

Yacimiento ilegal junto a una comunidad cercana al centro base de Xitei. En esta zona, los mineros han regresado tras ser expulsados a principios de 2023. Foto: Lalo de Almeida/Folhapress

¿Qué centros base conseguiste reabrir?

Los de Parafuri, Kataroa y Haxiu, en los que estuve. En octubre también empezamos a tener un equipo permanente en Maraxiu, que era un puesto que estaba cerrado, el antiguo Hakoma, y ahora hemos construido la casa, que se inaugura hoy [16 de febrero]. En mayo de 2023, entré en la región del río Parima, donde nadie había estado en mucho tiempo. En junio pasé seis días en dos comunidades de la región de Xitei que llevaban casi tres años sin recibir asistencia. Se habían llevado a cabo operaciones hacía poco y la zona era segura. Hicimos un lugar donde se pudiera quedar el equipo y estuvimos pensando en la posibilidad de abrir una unidad de salud, ya que, debido a un conflicto [interno] que comenzó en mayo de 2022 por el alcohol de los mineros, estas dos comunidades no pueden ir al puesto de Xitei, donde un equipo fijo atiende a 23 comunidades. Pero en septiembre los mineros volvieron y reactivaron los yacimientos que había al lado de estas dos comunidades. Desde entonces no hemos podido atenderles, solo cuando solicitan rescates de pacientes graves. Pero en estas dos comunidades no vacunamos ni llevamos a cabo programas de prevención de enfermedades como la oncocercosis y la verminosis. Tenía muchas esperanzas al poder reanudar la asistencia sanitaria, pero no duró muchos meses.

¿Pueden combatir los criaderos de mosquitos de la malaria?

Usamos veneno para mosquitos dentro de las casas, impregnamos las paredes. Si la comunidad acepta utilizar mosquiteras, se las ofrecemos. No a todos les gusta. Para controlar la malaria hay que tomar medidas combinadas. El diagnóstico precoz y el tratamiento son esenciales, porque tratas y evitas que otras personas enfermen. Pero es difícil hablar de control de vectores en una zona tan degradada por la minería. Hay muchos criaderos de mosquitos, porque, además de los cráteres, está la basura. La maquinaria que se quema se queda allí. Hay bidones de gasolina, neveras, cocinas, latas de cerveza. Los mineros lo dejan todo tirado. No sabemos ni por dónde empezar. Podemos decirles que recojan la basura que acumula agua, pero luego caminas 10 o 30 metros y ya estás en los cráteres.

Mucha gente cree que eres Yanomami, por el cabello y la pintura corporal. ¿Te sientes Yanomami o amiga de los Yanomami?

No me siento Yanomami porque no lo soy. Los Yanomami son los que nacieron en esa tierra, los que viven allí. Pero mi relación con ellos, de dar mi vida por estar allí con ellos… Me llaman waithërioma, que es ‘mujer valiente’, porque fui una de las primeras personas que llegó para montar los equipos, que dijo que allí era donde se les necesitaba. Esta relación de lucha, de entrega… la reconocen. No se trata solo de amistad. El hecho de cortarme el pelo fue, en primer lugar, porque creo que es muy bonito que las mujeres Yanomami lleven este corte y, después, porque me facilitó mucho la vida y el trabajo. Llego a una comunidad donde nunca me han visto y los niños vienen y dejan que los tome en mi regazo. Para hacer un rescate es todo muy rápido, quién es el enfermo, es este, vamos. La madre tiene cinco hijos y tienes que ayudarla.

¿Por qué tan rápido?

Porque un helicóptero es muy caro, así que no te puedes quedar ahí charlando, con el helicóptero encendido. Tienes que llegar, recoger al enfermo y marcharte.

¿Entonces tu aspecto facilita el contacto?

El cabello, la pluma, el collar. Y el idioma también. Si llegara allí hablando portugués con ese pelo, no me acercaría. Pero llego y le hablo al enfermo en su lengua. Y los niños vienen más tranquilos a mi regazo.


Reportaje y texto: Claudia Antunes
Edición: Claudia Antunes e Talita Bedinelli
Edición de fotografía: Lela Beltrão
Chequeo de informaciones: Plínio Lopes
Revisión ortográfica (portugués): Valquíria Della Pozza
Traducción al español: Meritxell Almarza
Traducción al inglés: Diane Whitty
Infográficos: Rodolfo Almeida
Flujo de trabajo editorial, montaje y finalización: Viviane Zandonadi y Érica Saboya
Editora jefa: Talita Bedinelli
Directora editorial: Eliane Brum

Clara con su cola de armadillo gigante bajo los brazos, decorados con pintura corporal. Hablar una de las lenguas de los Yanomami le facilita el trabajo. Foto: Lela Beltrão/SUMAÚMA

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