El chamán Yanomami Davi Kopenawa llama al colapso climático «venganza de la Tierra«. Los blancos deberían escucharlo. El presidente brasileño, Lula da Silva, debería escucharlo. Marcado, junto a la expresidenta Dilma Rousseff, por la catástrofe de Belo Monte impuesta por los gobiernos del Partido de los Trabajadores contra toda advertencia y evidencia, Lula parece dispuesto a producir el Belo Monte de su tercer mandato, que ahora se llama explotación petrolera en la desembocadura del Río Amazonas. No hay ninguna posibilidad de que este proyecto sea bueno para Brasil o para el mundo, ni siquiera si se pensara solo en el dinero. Si sigue adelante en contra del análisis responsable de los técnicos, será un ataque brutal a la Naturaleza en vísperas de la COP30 de Belém do Pará, en la Amazonia brasileña. Será también el asesinato de la biografía de Lula, porque las nuevas generaciones no podrán perdonarlo.
Cada vez más, la presión interna por la explotación de petróleo en el llamado margen ecuatorial recuerda al licenciamiento de Belo Monte, cuando el entonces presidente del Instituto Brasileño de Medio Ambiente y Recursos Naturales Renovables presentó su dimisión a la ministra de Medio Ambiente Izabella Teixeira por no querer dar la autorización que se le exigía, aunque alegó públicamente «motivos personales». Ahora, Lula califica de «rollo» el celo técnico de la agencia ambiental, y las noticias apuntan a que a su actual presidente, Rodrigo Agostinho, podría resultarle difícil mantener el puesto, como explicamos aquí.
Lula debería prestar atención a lo que ocurre hoy con Belo Monte, cuya primera turbina fue inaugurada por Dilma Rousseff en 2016, poco antes de ser destituida, y la última por Jair Bolsonaro en 2019. Aquí vale la pena darse cuenta de algo muy importante sobre Brasil y sus fuerzas políticas. Tras la redemocratización del país, después de 21 años de dictadura militar-empresarial (1964-1985), permanecieron al menos dos realidades: una es la violencia policial en las favelas, periferias, comisarías y cárceles contra los más pobres, en su mayoría negros; la otra es el proyecto colonizador de la Amazonia, que ve la Selva como un cuerpo del que extraer mercancías. Esto explica que la presidenta por el partido más a la izquierda en el poder, que luchó contra la dictadura y fue torturada, inaugurara la primera turbina y que el capitán retirado, extremista de derecha y defensor de la dictadura, cuyo mito personal es uno de los torturadores más sanguinarios, inaugurara la última, sin que esto llamara siquiera la atención.
Si Lula no está siguiendo lo que sucede hoy con Belo Monte, vamos a explicárselo. El 22 de enero, una fuerte tormenta derribó cinco torres de transmisión de la electricidad que produce la mayor central hidroeléctrica totalmente brasileña. Llegó la tormenta y las obras de ingeniería humana se derrumbaron como si fueran de juguete. Ante la venganza de la Tierra, Norte Energia, la empresa concesionaria de la central, se vio obligada a liberar parte del agua que secuestra de la Vuelta Grande del Xingú a costa de la muerte de peces y la inseguridad alimentaria de Indígenas, Ribereños y agricultores familiares.
Hacía mucho tiempo que no se veía a los humanos y a les más-que-humanes tan felices porque se llenaban las piracemas, lugar de reproducción, los peces entendieron que las aguas anunciaban el desove y el río se llenó de vida. Cuando la Selva solo crea vida y no se quema ni se talan sus grandes árboles, hasta los más obtusos sienten el poder, aunque luego se agarren a sus lapiceros para armar el contraataque de su guerra permanente contra la Naturaleza.
La historia de cómo Norte Energia utiliza el sistema judicial para que la autoricen a producir otro desastre ecológico en una de las regiones más biodiversas de la Amazonia está bien contada aquí. Nos recuerda que Belo Monte no es un «hecho consumado», en el sentido de que la destrucción causada por la central hidroeléctrica que embalsó el Río Xingú está lejos de acabar y lo peor aún puede llegar, como constata fácilmente cualquiera que siga su día a día sobre el terreno. Cabe hacer una advertencia, ya que hablaremos de transición energética más adelante: la energía hidroeléctrica en la Amazonia NO es limpia. Al contrario.
Belo Monte es la marca de una catástrofe planificada que algún día, si hay justicia, se considerará formalmente un crimen y nunca se olvidará. Belo Monte empaña la imagen de Lula y del Partido de los Trabajadores no solo en Brasil, sino en todo el mundo. Y eso sí que es un hecho consumado. Lo que sorprende hoy es que, después de todo lo que se ha visto y comprobado y sigue ocurriendo, Lula parece no haber aprendido nada y presiona para que se produzca un nuevo Belo Monte, en el sentido de la catástrofe anunciada que es la apertura de un nuevo frente de explotación de petróleo en la Amazonia.

En 2013, la construcción de la principal represa de la central hidroeléctrica de Belo Monte, una catástrofe planificada en la Amazonia. Foto: Lalo de Almeida/Folhapress
Intentemos comprender las razones de la sinrazón de Lula. Sí, el presidente de centroizquierda está atrapado y acorralado por el Congreso más derechista desde la redemocratización, con una representación mayoritaria de depredadores de la Naturaleza que trabajan para las élites extractivistas locales, a las que muchos pertenecen, pero también para las grandes corporaciones transnacionales de pesticidas, carne, soja y ultraprocesados.
Lula está perdiendo popularidad porque ni consigue representar a la mayoría de la población, ni consigue entender al pueblo brasileño, que ha cambiado mucho desde sus primeros mandatos. Ya no son trabajadores ávidos de un empleo formal asalariado o cobijados en sindicatos fuertes, sino individuos a quienes se ha convencido de que ser autónomo es lo mejor, que el emprendimiento libera y que el mérito es un logro individual, como no se cansan de repetir algunos pastores del evangelismo de mercado. Lula parece haber pasado por alto la uberización de las relaciones en el mundo laboral, que hace que alumnos de escuelas públicas de barrios precarios digan en clase, como contó un profesor: «¡Dios me libre de ser un asalariado!». La mayoría quieren ser «emprendedores», sin darse cuenta de que así están por su cuenta y riesgo, descargan de responsabilidad al Estado y renuncian a sus derechos en uno de los países más desiguales del mundo, donde la mayoría pobre parte de una base abismalmente precaria en comparación con los más ricos.
Lula también necesita el dinero que hoy proviene en gran parte del petróleo que produce y exporta Petrobras para dejar marcas positivas en su gobierno que puedan ser reconocidas en las dificilísimas elecciones de 2026. Todo eso son hechos. Pero también está el hecho de que Lula, como gran parte de la izquierda brasileña y mundial, aún no ha conseguido superar la idea, hoy imposible, de que la reducción de la pobreza puede lograrse a costa de la Naturaleza. Como de hecho ocurrió durante sus primeros mandatos, cuando gran parte de los programas sociales se financiaron con mercancías arrancadas de la Amazonia y otros biomas y exportadas especialmente a China. No se puede. La Naturaleza nunca debería haber pagado el costo, en ningún momento, como señala el colapso del clima y la biodiversidad, pero hoy no debe hacerlo si queremos tener no solo un futuro, sino un presente.
Observemos los hechos. Los combustibles fósiles —el petróleo, el carbón y el gas natural— son responsables de más del 70% de las emisiones de los gases que producen el calentamiento global. Por primera vez, hemos tenido un año entero, 2024, con una temperatura media de 1,6 grados centígrados por encima de los niveles anteriores a la Revolución Industrial. Recuerden: 1,5 grados centígrados era el límite de seguridad reconocido en el Acuerdo de París. Todos saben lo que ha ocurrido en el mundo y en Brasil en 2024, con fenómenos extremos como las inundaciones en el estado de Río Grande del Sur y la sequía extrema en la Amazonia por segundo año consecutivo. Sin la Amazonia, frenar el calentamiento global y la consiguiente corrosión de la calidad de vida es muy difícil, probablemente imposible. Y Lula quiere abrir un nuevo frente de explotación de petróleo en la Amazonia. ¿Cómo, si producir petróleo calienta el planeta? ¿Cómo, si atacar la mayor selva tropical del mundo pone en peligro su ya comprometida capacidad para absorber carbono?
¿Cómo?
Porque ya es imposible negar que la producción y el consumo de petróleo deben terminar si queremos vivir en la única casa que tenemos, el discurso ahora es que la producción de petróleo debe continuar para financiar la transición a otras fuentes de energía. Y también para «preservar la seguridad energética».
Mentira.
Como ya ha mostrado y demostrado la reportera especial de SUMAÚMA Claudia Antunes en varios reportajes hechos a partir de investigaciones profundas, Brasil no necesita más reservas para sus necesidades internas. En la actualidad, el petróleo representa el 35% de la matriz energética de Brasil, que incluye, además de la generación de electricidad, el transporte y los usos industriales. Un Programa de Transición Energética publicado en 2023 por la Empresa de Investigación Energética, vinculada al Ministerio de Minas y Energía, y por el Centro Brasileño de Relaciones Internacionales estimaba que ese porcentaje estaría entre el 5% y el 15% en 2050, año en el que Brasil se ha comprometido a alcanzar la «neutralidad climática», es decir, a no verter a la atmósfera más gases contaminantes de los que la Naturaleza puede absorber. En su informe de 2024, la Agencia Internacional de la Energía calcula que, si solo cumple los compromisos climáticos anunciados hasta octubre del año pasado, Brasil reducirá su consumo de petróleo de 2,5 millones de barriles diarios en 2023 a 2,1 millones en 2035 y 1,2 millones en 2050.
Para estas reducidas necesidades internas, el país puede utilizar las reservas que ya conoce, especialmente en el litoral del sureste. La propia Petrobras, en su plan estratégico para los años 2025 a 2029, prevé aumentar la inversión en el presal y en la recuperación de campos en la costa norte del estado de Río de Janeiro.
La cuestión no es, pues, la seguridad energética de los brasileños, sino la creciente dependencia del país y del gobierno de los ingresos del petróleo. En 2024, los dividendos que Petrobras pagó a sus accionistas —incluido el Estado brasileño— correspondían a más del 40% de las transferencias de recursos de las empresas estatales al Estado. El gobierno federal también obtiene cánones que pagan las empresas del sector. Los accionistas privados de la petrolera estatal, en su mayoría extranjeros, también presionan para que aumente la producción debido a los dividendos que reciben. Es el mismo interés de los accionistas de las petroleras extranjeras que operan en Brasil. Además, las reservas de petróleo de las compañías del sector tienen un gran peso a la hora de establecer su valor de mercado, otra paradoja en pleno colapso climático.
Una demostración de que el petróleo que se produce hoy en Brasil supera las necesidades internas es su creciente exportación. En 2024, más del 50% del petróleo producido en el país se exportó, superando a la soja en el valor de venta al exterior. Desde el punto de vista climático, el país está exportando contaminación. Y, en el caso del litoral amazónico, con graves riesgos ambientales. Desde el punto de vista económico, el problema es que no sabemos cuánto tiempo se mantendrán las compras externas. La Agencia Internacional de la Energía predice que la demanda mundial de petróleo alcanzará su punto máximo en 2030, lo que significa que después empezará a descender. Por esta razón, la explotación de petróleo en la desembocadura del Amazonas sería, además de desastrosa ambientalmente, una apuesta equivocada financieramente. Si se encuentra crudo frente a las costas del estado de Amapá, lo que no es seguro, la perspectiva es que el auge de la producción se alcance en 20 años, demasiado tarde para financiar la urgente transición energética y, a la vez, en pleno declive de la demanda mundial de petróleo.
Depender de los inciertos ingresos del petróleo también tiene la consecuencia de retrasar los planes de cambiar la economía brasileña por un modelo compatible con la conservación de la Naturaleza. Hoy, el gasto público de Brasil sigue incentivando principalmente las fuentes de energía fósiles frente a las renovables, lo que es un suicidio se mire por donde se mire. El Instituto de Estudios Socioeconómicos, que todos los años hace esta cuenta, calculó que en 2023 casi el 82% de los incentivos financieros del gobierno federal a las fuentes de energía —incluidas exenciones fiscales y subvenciones— fueron a parar a empresas productoras de combustibles fósiles.
Un gobierno y un presidente no están hechos solo de objetividades. Las subjetividades juegan un papel fundamental en todas las decisiones humanas, desde las personales hasta las profesionales. Para Lula, como para una parte por desgracia aún significativa de la izquierda brasileña y mundial, especialmente la nacida en los grandes sindicatos obreros, el petróleo es su fetiche. Vale la pena recordar que al final de su segundo mandato, un Lula consagrado por una popularidad récord de casi el 90% de aprobación, posó con las manos sucias de petróleo sin que eso provocara ningún cuestionamiento desde el punto de vista climático. Al contrario. El descubrimiento del presal (reservas de petróleo bajo una capa profunda de sal) se presentó y se celebró como una garantía de riqueza para Brasil.
Más de una década después, la opinión pública es distinta. La población mundial presencia fenómenos climáticos cada vez más graves y numerosos, las olas de calor se sienten literalmente en la piel y la concienciación sobre el colapso es cada vez mayor, aunque todavía no ha conseguido que la mayoría se mueva. En este contexto, la conservación de la Amazonia se ha convertido en una bandera del sentido común. Lula, sin embargo, no parece darse cuenta de que el Brasil de su tercer mandato es diferente de los dos primeros. En tiempos de aceleración, una década es mucho.
Cuando Belo Monte se subastó y se construyó, señalar sus contradicciones era garantía de ser masacrado en las redes sociales, incluso por quienes se decían progresistas. El gobierno vendía las grandes hidroeléctricas en la Amazonia como «energía limpia» y gran parte de la población solo quería que no hubiera apagones y que la factura bajara. Hoy, el escenario es diferente. La última encuesta de la Confederación Nacional del Transporte muestra que casi la mitad de la población (49,7%) está en contra de la explotación de petróleo en la desembocadura del Amazonas y solo el 20,8% está a favor. Otro 16,5% se muestra indiferente y un 13% no sabe o no contesta. Entre los que están en contra, la principal razón aducida tanto por hombres como mujeres, en todas las franjas de edad, renta y educación, así como en todo el espectro político, de izquierda a derecha, es la misma: «La región tiene una gran importancia ambiental y debe preservarse a toda costa».

La vida late en la Selva y en las comunidades de la desembocadura del Amazonas, una región amenazada por la industria petrolera. Foto: Enrico Marone/Greenpeace
Por lo tanto, si Lula quiere recuperar su decreciente popularidad, abrir un nuevo frente de explotación de petróleo en la Amazonia es la opción equivocada. El precio ecológico que se pagaría por este error es incalculable y se extendería mucho más allá de la vida de Lula y de la mayoría de nosotros. Desde el día cero, como ya ha quedado claro, cada movimiento estará muy bien cubierto y vigilado por lo que queda de prensa responsable en Brasil y en todo el mundo. A diferencia de lo que ocurrió con Belo Monte, que la mayoría de la prensa del sudeste celebró como una obra maestra de la ingeniería, con escasas investigaciones y críticas, esta vez todos los errores estarán en los medios y en las redes sociales.
Brasil festeja el Oscar a la mejor película internacional de Aún estoy aquí, que cuenta la historia real de Eunice Paiva y su familia. A su marido, el diputado destituido por la dictadura Rubens Paiva, lo sacaron de casa, lo torturaron y lo asesinaron en las dependencias del Ejército en 1971, pero la familia solo consiguió obtener un certificado de defunción 25 años de mucha lucha después. Como declaró el director, Walter Salles, tras la ceremonia, «vivimos en una época en que se está borrando la memoria como proyecto de poder, por lo que crear memoria es sumamente importante».
Es necesario señalar en este momento cuál fue la elección de Eunice Paiva, un ama de casa dedicada a la vida doméstica y social de su familia de clase media hasta que la dictadura entró por la puerta y se llevó a su marido y padre de sus hijos para no devolvérselo jamás. Esta es la historia real que más de cinco millones de brasileños han visto en los cines.
Lo que la película solo cuenta como epílogo es lo que Eunice Paiva hizo después. Se convirtió en abogada y empezó a defender los derechos de los pueblos Indígenas y sus territorios en la Amazonia. La Comisión Nacional de la Verdad reveló 434 personas muertas o desaparecidas en la dictadura, la mayoría blancas, como Rubens Paiva. Es importante señalar que al menos 8.350 personas Indígenas fueron exterminadas por la dictadura, y esta es solo una cifra inicial, ya que aún queda mucho por investigar.
Frente a la violencia, Eunice Paiva eligió vivir. Este es el mayor legado de la mujer que Brasil y el mundo acaban de conocer a través del cine. Nada es más poderoso que la vida, ningún movimiento es más poderoso que querer vivir. En este momento, en que la extrema derecha avanza y el planeta colapsa, para tener el coraje de luchar, necesitamos hacer la elección de Eunice Paiva. Cuando el fotógrafo de una revista le pidió que pusiera cara triste, ella les dijo a sus hijos: «Nosotros vamos a sonreír. Sonrían». Parafraseando su emblemática frase, en SUMAÚMA decimos: «Nosotres vamos a vivir. Vivan».

Eunice Paiva y un grupo de Indígenas de visita al territorio Krikati, en el estado de Maranhão, en 1995. Foto: Archivo Vitória (reproducción/Funai)
Edición de fotografía: Lela Beltrão
Chequeo de informaciones: Plínio Lopes
Revisión ortográfica (portugués): Valquíria Della Pozza
Traducción al español: Meritxell Almarza
Traducción al inglés: Diane Whitty
Montaje de página y finalización: Natália Chagas
Flujo de trabajo editorial: Viviane Zandonadi
Editora jefa: Talita Bedinelli
Directora editorial: Eliane Brum