Una jaguar se incorpora en el cuerpo de Nair Benedicto cuando el desánimo con la vida amenaza invadir su mente. “Cuando me voy desalentando, recuerdo la lección de Siã Kaxinawá: abrazo la palmera Murumuru con sus espinas. No la suelto y aguanto que se convierta en serpiente, que se transforme en jaguar. Y sigo sosteniéndola y aguantando firme. Hasta sostener la nada”. Siã Huni Kuin, o José Osair Sales, líder Indígena de los Kaxinawá, activista y cineasta, escribió la famosa “lección-palabra” sobre cómo convertirse en chamán. El texto, muy conocido entre los Indígenas, fue incluido en las páginas del libro “Vi Ver – Fotografías de Nair Benedicto”, lanzado en 2012. La obra reúne el trabajo de la fotógrafa, hoy con más de 50 años de carrera, en la que los registros de los pueblos originarios y la cultura amazónica son una parte significativa. En 1980, se agregaron fotografías icónicas de Nair a la colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA). La foto “Tesão no Forró” [en español algo como “Baile caliente”] también entró en la colección del Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro (MAM) en 2002, un reconocimiento a la importancia de Nair Benedicto para la fotografía.
Ya se había convertido en jaguar muchas veces y eso fue mucho antes de ver la Amazonia desde adentro. El pasado, en especial su lucha contra la dictadura empresarial-militar (1964-1985), es una historia que Nair Benedicto, a sus 85 años, ya se ha cansado de repetir. Es un dolor impregnado que se arrastra cuando le ocupa el pensamiento. Pero, sin despreciar la importancia de la memoria, se aferra al futuro y al porvenir. “Todavía me siento muy capaz de cambiar algunas cosas. Porque creo que todavía no estoy satisfecha”, le dice a SUMAÚMA con la dulzura y delicadeza de un cuerpo menudo que encubre el tamaño de su resiliencia felina. Hoy en día, Nair no se siente instigada a revivir los duros recuerdos del período en el que fue presa y torturada, en octubre de 1969, privada durante meses de la convivencia con sus tres hijos, todavía niños, y con su pareja de entonces, el francés Jacques Emile Frederic Breyton, también detenido por los militares. Aunque nunca estuvo involucrada con la lucha armada, su ficha en el Departamento de Orden y Política Social (DOPS) la señalaba como “subversiva y terrorista”, miembro de la Alianza Libertadora Nacional (ALN).
Es innegable que el pasado moldeó su mirada. Y habla sobre esto con desenvoltura: “Creo que lo que llegas a ser como persona tiene todo que ver con lo que vas encontrando en la vida. Nacemos con algunas características familiares, pero lo que realmente forma a una persona, con esa mentalidad, con esos sentimientos y con esos deseos, son los encuentros que va haciendo en su vida”, dice, señalándose a sí misma. “Yo me siento muy así. Traté de ser más fuerte de lo que era”.

En su trayectoria profesional de más de cinco décadas, Nair Benedicto dice que se hizo más fuerte de lo que es; y hasta hoy mantiene su mirada inquieta. Foto: Lela Beltrão/SUMAÚMA
El día que recibió a SUMAÚMA, la fotógrafa se preparaba para mudarse de la casa donde había vivido los últimos 30 años, en Vila Mariana, en São Paulo. Con los pies descalzos se inclinó hacia nosotras, mientras seleccionaba fotos en la computadora e interpretaba las expresiones de los rostros que había retratado en Serra Pelada, a principios de los años 1980. Recientemente, Nair Benedicto decidió que su obra es colectiva. Después de donar todo su acervo fotográfico a la Universidad Estadual de Campinas (SP), también compartió con SUMAÚMA una parte importante de los registros documentales que hizo de esa Amazonia “chupada” por la codicia humana.
La Amazonia chupada
Fue mientras estaba sentada en una playa amazónica, décadas atrás, escuchando conversaciones ajenas, que se dio cuenta de la inquietante relación de la mayoría de los humanos con la Amazonia. “Fue escuchando a la gente que entendí lo que es un Estado extractivista. Porque allí no quedaba nada, no se dejaba nada de positivo, solo extracción, solo la idea de ‘lo que me estoy llevando de aquí’. Y me dije: ‘Oye, ¡qué relación más podrida!, ¿no?’. Y me dieron ganas de ver cómo eran estas cuestiones en la Amazonia”.
Nair quiso comprender y revelar ese Estado extractivista y sus consecuencias. Llevó a cabo uno de los registros más significativos y profundos de la explotación minera de Serra Pelada a principios de la década de 1980. “Una vida de porquería, ¿no?”, dice, mostrándole a SUMAÚMA fotos de las relaciones sociales y de la vida cotidiana en esa región del sudeste del estado de Pará a donde fueron arrastrados más de 100.000 trabajadores. “En el apogeo de Serra Pelada se discutía todo el tiempo (el impacto de la minería), pero no nos enterábamos de la parte que quedaba (en la Amazonia)”. El ayer pareciera ser hoy cuando, según ella, “estamos viendo que el medio ambiente no aguanta más”. Cuando fotografió Serra Pelada, la minería era solo algo de blancos, dice. “No involucraba a los Indígenas. Pero hoy, ¡virgen santa! “Las cosas están duras en la Amazonia”, compara.
Los viajes de la fotógrafa a la Amazonia empezaron en su juventud, cuando todavía era turista. “Había vivido un poco en esta parte más turística de la Amazonia, había ido varias veces. Y todas las veces que salía de allí, me decía: ‘Eso no es lo que quiero’”. Después vinieron los viajes de trabajo, ya como fotógrafa independiente, incontables veces. Las agendas periodísticas para revistas y periódicos no siempre eran el foco central de Nair. “En general, iba a hacer un reportaje cualquiera a Belém. Entonces me tomaba unos días y me escapaba de la ciudad, iba a los lugares que quería ver”, recuerda.

Serra Pelada, sudeste del estado de Pará, años 1980
Otra relación con la vida
Fue a partir del contacto más cercano con los Indígenas, revela la fotógrafa, que descubrió una especie de consuelo para su desaliento, porque entendió que se puede tener otra relación con la vida y con la Naturaleza. Con David Kopenawa y Ailton Krenak, Nair dice que aprendió sobre la simplicidad y la importancia de la vida. “No es solo la forma de mirar la Amazonia, sino la forma de hacer la comida, los utensilios, la relación que es una mezcla de cariño con afecto, con entendimiento. Es hermoso. El ser humano debería ser así en la realidad. Ser este reconocimiento del otro. Porque no eres el único que está en este pedazo”.
Los Kayapó fueron las primeras etnias que visitó la fotógrafa, en 1980 y 1982. Nair habla de los Indígenas con ternura. Todavía recuerda el día en que vio, en una de las aldeas, a las mujeres Kayapó pintándose. Dejó todo lo que estaba haciendo para registrar una de las escenas más hermosas que ya había visto.
Además de los Kayapó, otra etnia que le provocó “un shock en el corazón” fueron los Arara. Los Arara, una etnia de contacto reciente, en la década de 1980, sentían una enorme curiosidad por los primeros hombres blancos a quienes se acercaban. “Era cariñoso, muy afectuoso, una relación que ya no hay más”.
Con todo lo que encontró en la vida, incluso el lado más perverso de la humanidad, Nair Benedicto se convirtió en una mujer activista, dispuesta a registrar cualquier injusticia y a reaccionar. “Ya hemos perdido demasiado tiempo. ¡O nos damos cuenta de que tenemos que cambiar, de verdad, o así ya no se puede! ¡Tenemos que cambiar! Esta avaricia, esto de tener más y más y más…”

La fotografía, según Nair, es siempre ‘una reacción a una provocación’, la manera que encontró para dar una respuesta a sus inquietudes. Foto: Lela Beltrão/SUMAÚMA
El empobrecimiento de las relaciones humanas, para Nair, es también un camino que explica el menosprecio de la humanidad por la Naturaleza. “La gente está individualista al máximo; cada uno quiere que el mundo explote, que el otro se arruine. Hay Desiertos, hay Ríos que ya no son más Ríos, como lo que pasó en Rio Grande do Sul (las inundaciones)… Así que no es que una es pesimista. Está pasando en tu jardín, en tu boca, en tu piel y la gente todavía duda de las cuestiones del medio ambiente. ¿Qué le pasa a esta gente?”. Este es el resultado esperado del capitalismo, concluye.
Nair Benedicto sigue con su mirada aguda, involucrada en proyectos de documentación de la vida y confiesa que todo el tiempo piensa en regresar a la Amazonia. Pero, debido a su edad y a algunas fragilidades de salud, el viaje le da miedo. “Quiero ir, pero tengo miedo, pienso que puedo causar algún problema”. Hace 17 años, Nair recibió un trasplante de riñón. Sobrevivió gracias a la donación de riñón de un sobrino.
Aunque se siente realizada con la decisión de democratizar el acceso a sus fotografías —en definitiva, “la memoria es social, colectiva”—, Nair admite que le dolió deshacerse de su colección. Era una vida guardada. “Para mí la fotografía es una manera de intentar hacer algo lo mejor que pueda. Siempre es una reacción a una provocación”.
En estos tiempos sombríos, de destrucción, la fotógrafa cree que solo el arte puede reintegrar la mente humana y alimentar el alma. “No me importa una foto maravillosa. Estoy buscando que esa imagen logre hacerle algo al otro. Porque ya me lo hizo a mí, ¿no?”. Porque cree en el poder de la fotografía siempre se ha interrogado sobre el uso de las imágenes. “¿Qué quiero con esto?”. Esta pregunta la persigue a Nair desde hace décadas.
Nair Benedicto abrazó fuerte las espinas. Se lastimó. Esperó. Se convirtió en serpiente, se convirtió en jaguar, incontables veces. Sostuvo la nada. Y se aferró a todo, con la mirada de quien se preocupa por el otro y por la vida. Todavía espera. Y se convierte de nuevo en una jaguar.
La mirada de Nair Benedicto sobre la minería clandestina en la Amazonia en los años 1980
Reportaje y texto: Malu Delgado
Edición: Talita Bedinelli
Edición de fotografía: Lela Beltrão
Chequeo de informaciones: Bruno Lima
Revisión ortográfica (portugués): Célia Arruda
Traducción al español: Julieta Sueldo Boedo
Traducción al inglés: Sarah J. Johnson
Montaje de página y finalización: Natália Chagas
Flujo de trabajo editorial: Viviane Zandonadi
Editora jefa: Talita Bedinelli
Directora editorial: Eliane Brum