Periodismo desde el centro del mundo

Brazo de río en la aldea de Demini, en la tierra indígena Yanomami, estado de Amazonas. Foto: Pablo Albarenga/SUMAÚMA

    Sí, lo sabemos. Jair Bolsonaro ha sido derrotado en las urnas, dejará el Palacio del Planalto después de dos meses más de maldades, pero tanto él como el bolsonarismo siguen muy vivos y están respaldados por el voto de 58 millones de brasileños hechos a imagen y semejanza de su mesías. Y ellos están aquí, compartiendo el mismo territorio llamado Brasil. Durante esta semana poselectoral, hemos visto como sus seguidores han cantado el himno nacional haciendo el saludo nazi, han marchado con la camiseta de la selección haciendo performances extrañas y hasta han entonado solemnemente la letra del himno brasileño a un neumático. No me pidan que les explique por qué a un neumático, por qué no tengo ni idea. Los bolsonaristas están a nuestro alrededor, a veces dentro de casa, y creen que es legítimo pedir lo ilegítimo: el regreso de la dictadura. La cuestión es: ¿cómo vamos a convivir con ellos y con ellas? 

         Porque tendremos que hacerlo.

          Antes de pensar en ello, tenemos que constatar que a los bolsonaristas les sucede algo muy grave. Y no estoy intentando ser graciosa ni irónica. Es grave, de verdad. Las escenas que han protagonizado esta semana nos han hecho reír como hacía mucho que no lo hacíamos en este país. Los memes deberían ser elevados a la condición de arte y tener un concurso propio. Pero los hechos que se han convertido en memes son graves. Que los bolsonaristas se alimentan de fake news, eso ya lo sabíamos. Pero el período poselectoral ha revelado qué consecuencias tiene en la vida de una persona falsificar la realidad y creer en esa falsificación, y qué consecuencias tiene en la vida de un país una masa de personas que falsifican la realidad y creen en esa falsificación. Se puede decir mucho sobre los bolsonaristas, y ya se ha dicho. Pero también hay que decir en serio que están enfermos.

         Estamos en una dolencia social que tiene que tratarse como tal y que el Gobierno electo tendrá que tratar. Ante un hecho que no podían falsificar por completo, la victoria de Lula sobre Bolsonaro, se han desquiciado. No fueron solo las escenas que se convirtieron en memes —como la del tipo que se agarró, durante kilómetros, a la parte delantera de un camión que se saltó el bloqueo de los actos golpistas—, ni solo actos criminales, como cantar el himno nacional haciendo el saludo nazi, como sucedió en la ciudad de São Miguel d’Oeste, en el estado de Santa Catarina. Ante un hecho que no podía falsificarse, la victoria de Lula, celebraron que el magistrado Alexandre de Moraes, presidente del Tribunal Superior Electoral, había sido detenido. Creyeron esa noticia falsa y celebraron el arresto que nunca existió como si fuera real. Celebraron también que el educador Paulo Freire, que ha sido transformado en enemigo del bolsonarismo, había sido detenido. Paulo Freire está muerto desde 1997. Aun así, celebraron el arresto de alguien que está muerto desde hace un cuarto de siglo. Han falsificado que Lula tiene cáncer terminal sin percatarse de que el presidente electo goza de buena salud y planea brillar en la Cúpula del Clima en Egipto.

         En los próximos días, semanas, meses descubriremos qué le sucede a esta masa de personas cuando la realidad se sigue imponiendo. Y, dentro de algunos años, descubriremos en qué se han convertido los niños cuyos padres rompieron con la realidad. Esta es otra cuestión. Nos preocupan mucho los niños que han sido vulnerados por el Gobierno de Bolsonaro, que minó sus derechos básicos recortando fondos en el área social mientras reventaba el presupuesto primero para privilegiar a su camarilla y, después, para ganar las elecciones. Y tenemos razones para que nos preocupen. Pero quizás también debemos preocuparnos de los niños que viven en la misma casa que las personas que son incapaces de conectar con la realidad. Tiene sentido sospechar que haya mucho sufrimiento.

         ¿Qué podemos hacer? Como sociedad, tenemos que mantenernos firmes en la realidad. Ante el divorcio de la realidad, tenemos que responder con más realidad. Y la realidad más profunda es la propia vida. La mejor manera de combatir el proyecto de muerte que seguirá existiendo con el bolsonarismo y sus adeptos es mantenernos fieles a la vida. Digo esto porque nosotros, la parte de la sociedad brasileña que se ha horrorizado con la falsificación y la ha sufrido, que se ha pasado cuatro años rehén de un criminal en el poder que ha utilizado la maquinaria del Estado contra la población, también estamos enfermos. Las señales están por todas partes. No tengo estudios que lo comprueben, solo la percepción de que a mi alrededor muchos han enfermado incluso tras las elecciones, como si su cuerpo finalmente pudiera rendirse con el amparo que le ofrecía el resultado de las urnas.

         Sin embargo, nuestra dolencia, que el cuerpo expone con enfermedades que pueden tratarse con medicina, es mucho más persistente en nuestra subjetividad. Estamos atados al bolsonarismo y a su día a día de sobresaltos y abusos. Estamos conectados al horror bolsonarista como un rehén lo está a su secuestrador, porque nosotros también hemos sido rehenes. Y porque ha sido la forma que muchos hemos encontrado para sobrevivir a lo imposible. 

         Es hora de romper.

         Y solo podremos romper de hecho si conseguimos romper subjetivamente. Si nuestra democracia hecha jirones ha conseguido llegar hasta aquí ha sido por la resistencia de cada colectivo y de las instituciones que, aun con enormes fallos, han sido capaces de poner límites, especialmente este año electoral. A través de los resquicios de la vida a la que nos agarramos hemos sido capaces de seguir respirando. Ha llegado el momento de ensanchar esos resquicios y convertirlos en horizontes.

         Creo que tenemos que seguir, pero seguir dejando de preocuparnos de lo que hacen todos los días, y de lo que, como los partidarios de la secta de Donald Trump nos mostraron, incluso después de la invasión al Capitolio, posiblemente seguirán haciendo si no conseguimos dar una respuesta, como sociedad, a la dolencia de 58 millones de brasileños. Esto no significa de ninguna manera ignorar la realidad que representan; significa que necesitamos movernos ya no con relación a ellos, sino estableciendo una relación profunda con la vida. Tenemos que ser. No ser en contraposición a ellos, como hemos sido hasta ahora, sino ser mientras zurcimos el presente que solo puede ser posible en la imaginación del presente. Ya no hablo de futuro, sino de presente. Del aquí y ahora. Haciendo lo que nos hace bien. Volviendo al arte, al baile, a la poesía, a la educación emancipadora, a la espiritualidad, ya sea religiosa o no, a la alegría de convivir hablando de lo que nos da alegría. Volviendo al debate que nos hace crecer, porque el otro nos engrandece y no nos amenaza. Tenemos que imaginar nuestra propia vida e imaginar un país, libertar nuestra subjetividad subyugada que se ha pasado cuatro años despertando de un sueño mal dormido para saber qué hicieron, qué dijeron, qué conspiraron, qué tenemos que hacer para defendernos.

         Basta de vivir según los enfermos, porque eso también nos enferma. Y ahora tenemos una ventana muy pequeña, realmente muy pequeña, que tenemos que ensanchar con todas nuestras formas sumadas. Más que sumadas, porque lo que suma sigue siendo uno. Tenemos que mezclar nuestras fuerzas.

         Es lo que he aprendido —soy una aprendiz todavía muy iniciante— viviendo en la selva y observando a los pueblos-selva. Si la selva existe a pesar de todos los ataques es porque vive ferozmente. Donde hay muerte, alguna vida se sobrepone. Lo que se seca hasta requemarse, con la primera lluvia despierta salvajemente. Lo que muere es inmediatamente devorado para garantizar la vida de los que viven. Hay flores que se abren en los lugares más devastados, hay animales que siembran selvas continuamente, hay hongos que se comunican en vastas comunidades, hay árboles que conversan de forma ininterrumpida. Construimos nuestras casas, en general un acto violento que destruye la casa de otros, y la selva sabotea sin cesar todo lo que levantamos, intentando devorarnos y establecerse de nuevo. Es imposible olvidar cualquier resto de comida literalmente por un minuto sin que, de inmediato, una multiplicidad de seres vivos la conviertan en su comida o en elementos para crear su casa. Si se deja durante días, se convierte en un ecosistema, un miniplaneta. Siempre me asombro cuando voy a São Paulo y veo que la comida puede quedarse en el plato durante toda la noche sin que pase nada. Descanso, pero sé que el silencio es la voz de la muerte. La vida siempre es muy ruidosa, llena de olores y movimientos. 

         No tengo la menor duda de que la naturaleza se va a reimaginar después de que nosotros desaparezcamos del planeta, una desaparición que las corporaciones transnacionales —las legales y las ilegales— y sus accionistas, los gobernantes, una parte de los parlamentos y una parte del poder judicial se han esforzado tanto para acelerar hasta tal punto que se ha alterado el clima y la estructura del planeta.

         Quien vive quiere vivir. Quizás la inacción de gran parte de la sociedad frente a lo que hacen todos los días contra la naturaleza —en nuestro nombre— pueda hacernos creer que gran parte de las personas humanas está medio muerta. Ha llegado el momento de dejar el mundo de los muertos y asumir que queremos vivir. Para ello, tenemos que abandonar el día a día determinado por la contraposición al bolsonarismo y reanudar, con cualquier pequeño acto, nuestro compromiso con el vivir. Una buena oportunidad es prestar atención a la vida a nuestro alrededor, la vida que sucede continuamente.

         El compromiso con la vida no es un acto que empieza y acaba en el individuo. Es un acto en el cual quienes se entienden como uno descubren que solo pueden ser con relación al otro. El compromiso con la vida en la esfera pública es luchar —juntes— para que los hambrientos puedan comer. El compromiso con la vida en la esfera pública es luchar —juntes— para que Bolsonaro y todos los criminales del bolsonarismo sean investigados, juzgados y castigados, porque fue —no solo, pero en gran parte— la impunidad de los criminales de la dictadura lo que generó a Bolsonaro y el bolsonarismo. El compromiso con la vida en la esfera pública es luchar —juntes— para identificar y responsabilizar a quien ordenó matar a Marielle Franco y mató también a Anderson Gomes. El compromiso con la vida en la esfera pública es combatir el racismo, todo el racismo, incluso el que se comete cotidianamente contra otras especies. El compromiso con la vida es convivir, este verbo que nos ha sido prohibido. Luchamos mientras bailamos, hacemos travesuras, charlamos, celebramos, besamos, reímos hasta que nos duele la barriga. Reír con el otro, no del otro. Burlarse del otro es la perversión del bolsonarismo. 

         Este choque de realidad, de la vida que se impone ferozmente, pero que habíamos olvidado, es lo que puede curar a los enfermos del bolsonarismo más allá de las urnas. Esta fuerza primaria que hace que tantas personas tengan hijos cuando el planeta está en colapso climático y el fascismo se propaga por el mundo no como un virus, sino como solo el hombre es capaz de propagarse y producir muerte.

         Unos días antes de las elecciones, cuando mi libro Banzeiro òkòtó ganó el premio Vladimir Herzog de Amnistía y Derechos Humanos, hice un pequeño discurso al recibir el hermoso trofeo diseñado por el añorado Elifas Andreato (1946-2022). El discurso se grabó, alguien aceleró mi voz para ajustarla en el tiempo de internet y el vídeo se hizo viral. En él decía, como ya he escrito tantas veces, que teníamos que vencer a la catástrofe que representaba la reelección de Bolsonaro, pero que, si lo conseguíamos, tendríamos que despertar al día siguiente de la victoria de Lula ya en pie y luchando. Una vez vencida la catástrofe, tendríamos por delante lo muy difícil. Es lo que creo. No por la fe, sino por la experiencia y la investigación. Pero luchar, para mí, es luchar como selva. Es vivir ferozmente, encantándome con cada retazo de vida y ensanchando cada resquicio de vida.

         La victoria de Lula, más que la reconstrucción de un país, significa la posibilidad de volver a conectar con la realidad. Para ello, tenemos que resistir cualquier deseo de mitificar al propio Lula, porque entonces seguiríamos en el mismo lugar. No tenemos un país que reconstruir, porque eso implicaría creer en la noticia falsa de que este país algún día fue algo a lo que debemos volver. Si eso fuera verdad, ni Bolsonaro ni el bolsonarismo se habrían generado en las tripas de Brasil. No tenemos un país que reconstruir, tenemos un país que imaginar. Imagin-acción. Tenemos que imaginar un país sin racismo y tenemos que imaginar un país sin hambre. Principalmente, tenemos que imaginar —porque este es el cambio estructural que determinará todos los demás— un planeta donde los centros sean la vida y no los mercados. Imaginar para liberar al presente de su falta de futuro.

         Para que eso sea posible, la selva tiene que seguir siendo selva. Según los científicos, la Amazonia está llegando al punto sin retorno, cuando se haya deforestado entre el 20% y el 25% y ya no consiga actuar como selva, la gran reguladora del clima. Estamos muy cerca del 20%. Es obvio que no es una destrucción homogénea: hay partes de la selva que ya han llegado al punto sin retorno y ya están emitiendo más dióxido de carbono del que absorben, y hay otras partes que están más lejos del punto sin retorno, como las tierras indígenas, las más protegidas. Pero la selva está interconectada, y todo lo que sucede en ella tiene un efecto en cadena, y lo que le sucede a la selva tiene un efecto en cadena en un planeta muy diverso, pero íntimamente conectado.

         La derrota de Bolsonaro significa una oportunidad única de detener la destrucción de la Amazonia y encontrar maneras de recuperar las áreas degradadas antes de que sea imposible. El acto más eficaz para que eso ocurra es demarcar las tierras indígenas que todavía no lo están. Y esto no es ningún favor: primero, porque la Constitución de 1988 determinó que todas las tierras de los pueblos originarios debían demarcarse en cinco años. Ya han pasado tres décadas y la determinación constitucional no se ha cumplido. Segundo, porque de ello depende la vida de todes, de la población de cualquier ciudad de Brasil, de la población de cualquier ciudad del planeta. El Gobierno electo tiene que reconocer y registrar las tierras quilombolas (descendientes de africanos esclavizados que se refugiaron en centros de resistencia), aumentar las unidades de conservación y proteger todo lo que el Gobierno de Bolsonaro desprotegió. Pero no solo eso, porque, antes incluso de Bolsonaro, el sistema de protección ya dejaba mucho que desear. El Gobierno electo tiene que hacer la reforma agraria en la Amazonia, reconocer y apoyar los asentamientos de campesinos comprometidos con la agroecología. Quienes viven en la Amazonia y/o siguen de cerca las masacres cometidas contra los agricultores familiares, los asentados, saben que sin la reforma agraria no se podrá proteger la selva.

         Lo que hay que hacer se diseñó hace mucho, hay planes y proyectos para todo, incluso para expulsar inmediatamente a los 20.000 garimpeiros (mineros ilegales) de la Tierra Indígena Yanomami, una parte de los cuales está esclavizada. Solo hay que ponerlo en práctica.

         Esta es la cuestión. Sabemos que Lula se eligió gracias a un arco de alianzas que van desde Marina Silva, ministra de Medio Ambiente de 2003 a 2008, responsable de reducir la tasa de deforestación de la Amazonia, hasta conocidos depredadores de la selva y de otros biomas, como el Cerrado. Es evidente que Lula no conseguiría salir elegido sin este arco de alianzas. Sin embargo, lo que permitió la victoria (ajustada) de Lula puede impedir la protección de la Amazonia. No se podrá conciliar lo inconciliable en el momento límite que vive la mayor selva tropical del planeta. Todo lo que hay que hacer es para ayer. La protección de la Amazonia tiene que ser un compromiso radical, porque de él depende nuestra vida, incluso la vida de quienes la destruyen, aunque ellos no se den cuenta.

         No bastará con crear un Ministerio de los Pueblos Originarios con un ministro o una ministra indígena. Ese ministerio deberá tener poder real. Es vital que la promesa de que la cuestión climática será transversal se cumpla realmente en el nuevo Gobierno. Eso significa que la cuestión climática atravesará y guiará todos los ministerios. No hay nada —nada— más importante que enfrentar la crisis climática, porque de este enfrentamiento depende el futuro próximo de los niños que ya han nacido. Cuanto más se calienta el planeta, con sus efectos en cadena que vemos con solo abrir la ventana, más se acentúa la desigualdad de género, raza, clase y especie. Aunque nadie va a poder escapar, las mujeres, los negros y los más pobres serán los más afectados primero, como los hechos ya han demostrado. Algunos multimillonarios construyen búnkeres de lujo bajo tierra en países como Nueva Zelandia para intentar escapar. Otros, como Elon Musk, el nuevo dueño de Twitter, intentan encontrar otro planeta para colonizar.

         El compromiso de campaña de Lula solo podrá cumplirse si se escucha a los pueblos originarios y a las poblaciones tradicionales (quilombolas, ribereños y decenas de otras). Pero no bastará con que los escuchen. También deben ser protagonistas. Como los movimientos negros enseñaron a la sociedad brasileña, si no hay distribución de poder, la estructura de la sociedad no cambia. Es necesario que los pueblos-selva y los pueblos de otros enclaves de la naturaleza ocupen cargos dentro del Gobierno, también de primer nivel.

         El retrato oficial tanto del equipo de transición como del Gobierno que asumirá el poder a partir del 1 de enero tendrá que estar compuesto de más mujeres, más negros (cabe recordar que son la mayoría de la población brasileña), más indígenas y otros pueblos-naturaleza. También tendrá que ser menos binario y menos cisgénero. Y, efectivamente, tendrá que ser más evangélico, con representantes que respeten el Estado laico. A esta altura, la izquierda brasileña ya debe de haber aprendido que es tanto imprudente como imposible ignorar la fuerza determinante y creciente de los evangélicos en el país. Ignorar este fenómeno solo sirve para fortalecer a los pastores de mercado, que utilizan el fundamentalismo para chantajear y enriquecerse, y perder el apoyo de los líderes evangélicos dignos que quieren trabajar para el país sin imponer su religión.

         ¿Cómo ocurrirá todo esto con el arco de alianzas que llevó a Lula a la victoria y con un vicepresidente de centroderecha como Geraldo Alckmin? Solo ocurrirá con la presión de la sociedad brasileña. La tuya, la mía, la de todes. Sin esa presión, será muy difícil que Lula consiga llevar adelante sus compromisos de campaña de proteger la Amazonia y enfrentar la crisis climática. Además de las posiciones antagónicas dentro de su propio Gobierno en formación, habrá un Congreso todavía más tóxico que el actual, con un número significativo de fuerzas comprometidas con la agroindustria predatoria no solo en la Cámara de los Diputados, sino también en el Senado. Para poder avanzar, la sociedad brasileña necesitará garantizar el apoyo de las propuestas de protección de la Amazonia y de los demás enclaves de la naturaleza. 

      Habrá que hacer mucha presión. La misma energía que se utilizó para hacer vencer al Lula candidato debe activarse ahora para que el Lula presidente cumpla sus promesas con la Amazonia y con la crisis climática. Del cumplimiento de estos compromisos de campaña depende —y eso es importante que se comprenda— el combate a las desigualdades de clase, género y raza.

         Estamos en guerra, no se engañen. No es una guerra entre nosotros y los bolsonaristas. Es una guerra entre la minoría que, como dice el chamán Davi Kopenawa Yanomami, se ha comido el planeta y la mayoría que ya está viviendo en un planeta más hostil. Brasil tiene un papel crucial en esta guerra, no por la agroindustria que destruye la Amazonia y el Cerrado para producir soja para alimentar animales esclavizados en todo el mundo, sino porque en su territorio alberga el 60% de la mayor selva tropical del planeta.

      Los presidentes de Estados Unidos y de países europeos no se apresuraron a felicitar a Lula por su victoria a causa de Brasil, sino de la Amazonia. Si la Amazonia desaparece, también desaparecerá su interés en Brasil y el país será un paria para siempre, independientemente de su gobernante, por haber puesto toda la humanidad en un gran riesgo. Ha llegado el momento de actuar según la realidad: Brasil, hoy, es la periferia de la Amazonia.

          No podemos elegir entre luchar y no luchar. Pero sí que podemos elegir cómo luchar. Luchemos como selva, agarrándonos a los resquicios de vida para transformarlos en horizonte, utilizando la alegría como instrumento de resistencia, imaginando el país donde queremos vivir. Ocupando, como hace la naturaleza, todos los espacios vacíos, encontrando el último soplo de vida en la tierra muerta y renaciendo, saboteando a los agentes de la muerte día tras día para afirmar la vida. Vamos a luchar con-viviendo. Lo que necesitamos ahora, como dicen los movimientos sociales de la selva, no es des-envolvimiento, sino en-volvimiento. Luchar como selva es precisamente eso: envolverse radicalmente en la vida. 

 

Traducción de Meritxell Almarza

© Derechos reservados. No reproduzca el contenido de esta página en ningún medio sin autorización expresa de SUMAÚMA