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Venecia, septiembre de 2023: el cineasta Yanomami Morzaniel Ɨramari encuentra muy extraña la idea de construir una ciudad sobre las aguas. Foto: Ana Maria Machado

Cuando llega a su fin la travesía del verano más caluroso del hemisferio norte posiblemente de los últimos 120.000 años, el cine Yanomami llega a Venecia. Yo, que acompaño al cineasta Morzaniel Ɨramari, soy traductora de lenguas y a veces de mundos. Venecia, la famosa ciudad-agua italiana que existe desde hace 16 siglos, está hoy más amenazada que nunca por este enemigo que hemos creado los no indígenas: la mutación climática. Cuando le expliqué al líder y chamán Davi Kopenawa que veníamos a Venecia y que la ciudad corría el riesgo de desaparecer, sumergida por la subida del nivel del mar, me pidió que transmitiera un mensaje que espera que se tome en serio: «Lo que ustedes llaman cambio climático es Urihi a në yuo: es la venganza climática, es la venganza de la Tierra». En palabras de Kopenawa, con la destrucción de la selva y la muerte de los chamanes más ancianos, los xapiri (espíritus auxiliares de los chamanes), indignados por la destrucción del planeta, se están vengando de quienes la destruyen. Kopenawa dice que en el futuro todos moriremos quemados o ahogados.

Estando allí, sobre las aguas, el cine pasa a vincular a los europeos con los Yanomami, la Amazonia con Venecia, el chamanismo con la tecnología. Las películas de Morzaniel Ɨramari, Edmar Tokorino, Aida Harika, Roseane Yariana y Dário Kopenawa se proyectaron en la jornada Gli Occhi della Foresta (Los Ojos de la Selva) el 4 de septiembre, durante la 80.ª edición de la Muestra Internacional de Cine de Venecia, uno de los festivales más prestigiosos del mundo. En una gran pantalla, el cine de la selva se convierte en un portal para conocer e imaginar otras formas de existir en este planeta, si es que nuestra especie quiere permanecer aquí.

En la Amazonia, los chamanes Yanomami trabajan para limpiar la tierra-selva (urihi a) y sostener el cielo, como muestra la película Urihi Haromatimapë: Curadores da Terra Floresta, de Morzaniel Ɨramari. Los chamanes Yanomami trabajan incansablemente para sanar un mundo que está enfermo de nosotros, los napëpë (no indígenas, enemigos).

Los cineastas Eryk Rocha, Gabriela Carneiro da Cunha y Morzaniel Ɨramari y la indigenista y traductora Ana Maria Machado en Venecia. Foto: Giornate degli Autori

Junto a Eryk Rocha y Gabriela Carneiro da Cunha, productores de tres cortometrajes Yanomami, acompaño a Morzaniel, amigo y compañero de trabajo desde hace 16 años, con quien he compartido largos paseos por la selva amazónica y ciudades de todo el mundo. Camino con él por las hermosas vías y por los canales de la ciudad. El cineasta, que nació y ha vivido sus 42 años con los pies en la selva, ve Venecia con recelo. Su mirada contrasta con la admiración que parece mover a los miles de turistas que viajan desde sus hogares hasta esta ciudad a orillas del mar Adriático. Venecia está considerada una de las ciudades más bellas del mundo, pero los Yanomami se sorprenden: «¿Por qué los napëpë tuvieron esta extraña idea de construir una ciudad sobre las aguas?».

Cuento brevemente la estrategia de los venecianos de construir una ciudad sobre el agua para defenderse de las invasiones de aquellos que llamaban «bárbaros». Morzaniel permanece callado y pensativo, quizá no le haya convencido. Me cuenta que, durante las noches que pasamos en Venecia, ha tenido sueños insólitos y que teme a los xapiri de esta tierra desconocida. En una habitación de hotel, siente los pies inestables. Le parece extraño el turismo que se traga Venecia, hace una etnografía inversa de nosotros, a quienes el chamán Kopenawa llama «pueblo de las mercancías», nosotros, que parecemos querer consumir la ciudad hasta su fin:

—Un día estas aguas subirán. Cuando fui hasta el borde del agua y vi a todos los turistas paseando por allí, me preocupé y pensé: «¿Por qué esto los hace felices? ¿Por qué se pasean felices haciéndose fotos, sin pensar que un día el agua subirá y los habitantes de esta ciudad no podrán huir? Estas personas que los napëpë llaman «turistas» son las que están de viaje. Cuando oyen que hay una ciudad preciosa, quienes han hecho aumentar su dinero dicen: «¡Quiero ir! Cuando tenga vacaciones, iré y desperdiciaré mi dinero». Piensan así y van. Llevan ropa muy bonita y brillante, los llaman ricos: «Ya que somos ricos, ya que esta ciudad es tan bonita, ¡vamos a lucir bien!». Pero esta gente no piensa, porque solo dicen esto. Vienen de lejos, llegan en avión, se alojan en hoteles caros y desperdician dinero. Se hacen fotos sin motivo: «Esta ciudad es muy bonita, ¡así que voy a hacer fotos!». Creo que piensan así. Pero no saben cuidar.

A ojos de Morzaniel, como cineasta de la selva, y de Davi Kopenawa, como chamán, pensar en la posibilidad de que Venecia desaparezca es pensar en los xapiri que se vengan de los que destruyen el mundo. Algunos científicos, al calcular las altas temperaturas y la subida del nivel del mar, dicen que la ciudad podría quedar sumergida el 2100, dentro de menos de ochenta años. Yo, que pertenezco al pueblo de las mercancías, siempre he oído que la ciencia encontrará la solución para que Venecia no quede sumergida, para que el calentamiento global no alcance niveles catastróficos, para que podamos seguir con nuestra vida cómodamente mientras vemos como el planeta entra en colapso por la pantalla del celular. Los superricos que han producido la mutación climática creen que la solución es huir de aquí y colonizar Marte para perpetuar su vida y privilegios, dejando tras de sí un planeta-resto. A algunos les gusta decir: «Los hombres y la ciencia serán la solución a todo esto». Pero no: el siglo XX ya ha terminado y se ha llevado consigo la ilusión humana de potencia infinita. Tenemos que saber que nosotros somos el problema, no la solución.

La venganza de la Tierra de la que habla el chamán Kopenawa ya no está en el futuro. Está ocurriendo ahora y la estamos viendo. Por lo menos 97 personas murieron en el incendio de la isla de Maui, en Hawái, en agosto. Según estimaciones de la ONU, 4.000 personas murieron y otras 9.000 están desaparecidas en Libia después de que una tormenta tropical, seguida de graves inundaciones, devastara la ciudad de Derna en septiembre. Barrios y edificios enteros fueron arrastrados hacia el mar mientras la gente dormía, y ya no es posible rescatar tantos cadáveres en el mismo mar Mediterráneo que baña Venecia. Kopenawa nos dice que, si seguimos destruyendo la selva, cuando ya no haya chamanes que sostengan el cielo, el cielo que hemos llenado de dióxido de carbono se derrumbará sobre nuestras cabezas, y entonces no quedará nadie.

Morzaniel Ɨramari y sus colegas conversan con el público en Venecia con traducción simultánea al italiano. Foto: Giornate degli Autori

La lluvia que cae en las regiones más densamente pobladas de Brasil y de parte de Sudamérica depende de la Amazonia. Es lo que llamamos «ríos voladores»: la selva suda y bombea el agua que necesitamos para vivir. La deforestación y los incendios liberan grandes cantidades de carbono a la atmósfera, lo que calienta el planeta y derrite los glaciares y los casquetes polares. Y esto es lo que está provocando que el nivel del mar suba y pueda sumergir Venecia, cuyas calles nuestros hijos y nietos quizás no tengan la oportunidad de pisar algún día. El futuro de Venecia, como el de la humanidad, depende de la defensa de la Amazonia, de los chamanes Yanomami y de todos los seres visibles e invisibles que pueblan la selva y que conocen, ante todo, su belleza.

El chamán nos cuenta que tuvimos el mismo origen que los Yanomami, pero nos separamos y olvidamos la importancia de la selva, dejamos de escuchar a nuestros xapiripë. Nos limitamos a escucharnos a nosotros mismos, mientras producimos más y más mercancías y seguimos adorándolas. Esta adoración por las mercancías es la que hace que los napëpë excaven obsesivamente la selva en busca de minerales, la destruyan y la quemen para obtener madera, creen pastos y campos de soja, mientras nosotros seguimos hipnotizados por las bagatelas que producimos. El humo de las selvas en llamas y la contaminación de las fábricas y los autos es lo que está enfermando el pecho del cielo. En el ruido de nuestras ciudades, ya no sabemos soñar con los espíritus.

La fragilidad que vemos ahora en Venecia es un emblema de los nuevos tiempos del Antropoceno. La ciudad está doblemente amenazada por las acciones del pueblo de las mercancías: tanto por la subida del nivel del mar debida a la acción humana, que podría sumergirla, como por el turismo depredador: gente que viaja de todo el mundo para «consumir» Venecia. La pequeña ciudad-agua, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, hoy con menos de 50.000 habitantes en su centro histórico, la invaden cada año 28 millones de turistas. El turismo de masas está siempre vinculado al consumo y a las elevadas tasas de emisión de carbono de los vuelos y otros medios de transporte.

Los canales de Venecia a través del objetivo de Morzaniel Ɨramari. Foto: Ana Maria Machado

En contraste con el pueblo de las mercancías que se pasea por la plaza de San Marcos bajo un sol abrasador, obsesionado por las fotos del celular, los chamanes que aparecen en la película de Morzaniel en una pantalla de cine de Venecia escuchan las voces de cada árbol, del cielo, de los vientos, de në ropë, la fuerza de la fertilidad que hace crecer las plantas, de poripoririwë, el ser de la luna, y de tantos otros seres que los no chamanes no podemos ver y ni siquiera imaginar: para nosotros, la naturaleza se ha transformado en una commodity. Los chamanes nos muestran que hay otra forma de relacionarse con el mundo que no sea destruyendo su biodiversidad, sus aguas y sus árboles. Es posible ser selva junto con la selva.

Los pueblos indígenas son hoy el 5% de la población mundial y, juntos, protegen el 80% de la biodiversidad. En Brasil, las tierras indígenas demarcadas son, en su mayoría, islas verdes rodeadas de vastos pastos y grandes campos de soja. La demarcación y protección de las tierras de los pueblos originarios, al igual que el fortalecimiento de las leyes que garantizan sus derechos, son fundamentales para garantizar el futuro de todos nosotros, y también el futuro de Venecia. A nosotros nos parece más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, o un cambio radical en el modo de vida de los napëpë que nos permita ser otros, y no consumidores ávidos por convertir el planeta en mercancías, entretenidos con todas las fruslerías que producimos para ensuciar la Tierra.

Debemos escuchar lo que tienen que decirnos las aguas de Venecia. Y, así, tener el valor y la creatividad para reinventar nuestra forma de ser y de estar en el mundo. Tenemos que saber ser selva, ser montaña, ser río, ser mar. Tenemos que aprender a ser semilla, a ser selva y regenerarnos. Debemos aprender de quienes ya han vivido el fin del mundo muchas veces, sobreviviendo a violentos procesos de colonización, marcados por guerras y epidemias. El futuro, más que nunca, es indígena. Y es también la única oportunidad para la Venecia que vio cómo trabajan los chamanes para sostener el cielo en la película de Morzaniel Ɨramari.


Texto y fotos: Ana Maria Machado, indigenista y traductora
Verificación: Plínio Lopes
Revisión ortográfica (portugués): Valquiria Della Pozza
Traducción al español: Meritxell Almarza
Traducción al inglés: Diane Whitty
Edición de fotografía: Lela Beltrão
Flujo de edición, estilo y montaje: Viviane Zandonadi
Edición de contenido: Eliane Brum (sembradora y directora de SUMAÚMA)


PARA SABER MÁS

+++ Urihi Haromatimapë: Curadores da Terra Floresta (película con subtítulos em Inglês)

+++ Sobre el pensamiento de Davi Kopenawa (libros en Portugués, ed. Companhia das Letras) 
++ A Queda do Céu (2015), Davi Kopenawa y Bruce Albert, trad. Beatriz Perrone-Moisés
++ O Espírito da Floresta (2023); Davi Kopenawa y Bruce Albert, trad. Rosa Freire d’Aguiar

Texto e fotos: Ana Maria Machado, indigenista e tradutora
Checagem: Plínio Lopes
Revisão ortográfica (português): Valquiria Della Pozza
Tradução para o espanhol: Meritxell Almarza
Tradução para o inglês: Diane Whitty
Edição de fotografia: Lela Beltrão
Fluxo de edição, estilo e montagem: Viviane Zandonadi
Edição de conteúdo: Eliane Brum (semeadora e diretora de SUMAÚMA)

Tierra indígena Yanomami, aldea Demini, Amazonia brasileña: Morzaniel entrevista al chamán Tenose para la película Urihi Harmatimapë: Curadores da Terra Floresta. Foto: Ana Maria Machado

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